LA CASA NUEVA (Y III)
14 Junio, 2007 por tomasvte
Volví los ojos hacia la puerta y… ¡estaba ligeramente abierta! Quería irme de allí, así que me dispuse a salir cuando observé que varios candiles encendidos iluminaban la parte del sótano en que se encontraban las tinajas, ahora perfectamente limpias y ordenadas. Una mujer gruesa y enlutada, cubierta la cabeza con un pañuelo también negro, extraía algo de una de ellas. Salí sigilosamente y me refugié tras uno de los anchos pilares. La mujer cruzó el sótano y se dirigió a la mazmorra con un puchero de barro. En cuanto entró me dirigí a la salida y asomé la cabeza con precaución. Oí voces en la cocina, y en la calle. Entonces me fijé en que las puertas del sótano estaban bastante más nuevas que las que yo abriera minutos antes, las paredes de la entrada blancas y limpias, había muebles antiguos. Un bebé lloraba en el piso de arriba, ¿qué estaba pasando allí? Miré hacia la calle y la luz que observé no era la cálida del crepúsculo sino la luz fresca del amanecer. Con todo el sigilo de que fui capaz, casi arrastrándome por el suelo, con un enorme vacío en el estómago y las piernas temblorosas, me refugié bajo el hueco de la escalera parapetado tras dos sacos de patatas. A través de la rendija que quedaba entre ambos divisé la mesa de la cocina en la que todavía permanecían algunas personas tomando la que supuse primera comida del día. Un abuelo, de piel morena y arrugada tal vez curtida por mil soles, partía con su navaja rebanadas de pan negro. Un mozo regaba con abundante aceite una de aquellas rebanadas y otra mujer ya la comía acompañada con olivas. Varios tazones permanecían sobre la mesa.
Yo estaba allí en mi escondite paralizado, maravillado con lo que estaba contemplando y asustado por no entender nada de lo que me estaba pasando. Vi salir del sótano a la mujer enlutada portando el puchero de barro, era de mediana edad y creí ver en su cara rasgos que revelaban algún tipo de deficiencia mental ¿sería hermana de aquel despojo humano que había en la mazmorra? ¿Tal vez su madre? Se había parado en el quicio de la puerta obstaculizando cualquier mirada de los comensales que pudiera descubrirme, lo que aproveché para escabullirme hacia una puerta entreabierta que había a unos dos metros de mi escondite. Daba a un pasillo recto y estrecho que comunicaba con el silo que había explorado unos minutos antes, o ¿tal vez horas? ¿O lo había explorado años después? Cuando por unos segundos me detenía a pensar sobre aquella situación me parecía de lo más inexplicable, y sentía miedo. Así que procuraba no pensar y dedicarme a intentar salir de allí lo más rápidamente posible. No había nadie en el silo abovedado pero estaba perfectamente en uso, limpio, con los grandes depósitos metálicos ordenados. Una hoja de la enorme puerta permanecía abierta. Me acerqué a ella con precaución y con sumo cuidado saqué la cabeza y observé los alrededores. Las gallinas correteaban aquí y allá buscando por sus propios medios gusanos que llevarse al pico. Un joven sacaba agua del aljibe y la echaba en una pileta de piedra para abrevar un pequeño ganado de una veintena de ovejas y algunas cabras. De los más alejados bancales de almendros, frente a la casa, llegaba el sonido del vareo de la almendra. Sentí pasos a mi espalda y sin pensármelo dos veces salí corriendo en dirección a la cochiquera para coger mi bicicleta y alejarme de aquel extraño lugar. Varias gallinas se asustaron y cacarearon. El joven que sacaba agua fijó la vista en la algarabía pero yo ya permanecía oculto tras un enorme trillo que yacía empinado cerca del pequeño corral de los cerdos a la espera de cumplir su tarea. Sudoroso, jadeante y con el corazón queriendo salírseme del pecho, no tanto por la carrera sino por el miedo que lo aceleraba, permanecí oculto, inmóvil, sin poder pensar con claridad. Traté de tranquilizarme. Me aflojé el casco, cerré los ojos y respiré hondo varias veces; el pulso se deceleró lentamente. Me propuse racionalizar todo aquel sinsentido y llegué a la conclusión de que lo que me estaba pasando no era más que una alucinación producto del golpe contra la pared recibido a causa del resbalón. Me dije que al abrir los ojos estaría en el interior de aquella galería oscura, al pie de la escalera de caracol. Abrí los ojos poco a poco y… ¡allí seguía agazapado tras el trillo! Volvió el miedo, los temblores, el aumento de las pulsaciones, el sudor frío… Pegado al suelo asomé la cabeza lo justo para ver que un muchacho de siete u ocho años se acercaba pastoreando a una manada de pavos ayudándose de una caña. No lo pensé dos veces. Agarré mi montura, la cabalgué a la carrera y pedaleé como un poseso en busca del camino de huida. Los pavos se asustaron y se desmandaron glugluteando como locos ante el pasmo del niño que quedó boquiabierto; las gallinas levantaron corto vuelo cacareando despavoridas. Como una exhalación pasé junto al aljibe a tiempo de ver cómo al joven se le caía de las manos el cubo lleno de agua que acababa de sacar y las ovejas y cabras se espantaban balando. Una mota en el camino me hizo volar unos metros y al caer perdí el casco pues no había tomado la precaución de volver a apretármelo. Derrapé en una curva del camino lo que me permitió ver por unos instantes cómo la puerta de la Casa Nueva se llenaba de gente desconcertada y cómo el joven del aljibe se echaba a la cara una escopeta que apuntaba en mi dirección. Me amagué sobre la bicicleta y pedaleé con todas mis fuerzas zigzagueando. Escuché la primera detonación y vi levantarse el polvo a mi paso a poco más de un metro de distancia. Los hombres y mujeres que trabajaban en la recogida de la almendra echaron a correr en dirección a la casa con gritos de alarma y sin dejar de mirar lo que les debía parecer una criatura extraña. Oí de inmediato el segundo disparo y sentí un doloroso pinchazo en el hombro izquierdo que casi me hace perder el equilibrio y dar de bruces en la tierra, pero el miedo había inundado mi cuerpo de adrenalina y el pedaleo se mantuvo a un ritmo frenético hasta que alcancé el recodo en el que me había detenido cuado descubrí aquel hermoso paraje que ahora me resultaba estremecedor. Frené en seco haciendo un trompo de ciento ochenta grados, dejé caer la bici al suelo y volví sobre mis pasos unos metros para observar, protegido por la vegetación, la confusión que mi presencia había creado entre los habitantes de la casa. Todo estaba desierto, mudo. Nadie había en la puerta de la casa, nadie en el aljibe, nadie en los almendros, ni pavos, ni gallinas, ni ovejas. Tan solo un viejo caserón semiderruido. Me dejé caer al suelo derrotado, cansado, sudando copiosamente por el esfuerzo sostenido del pedaleo de huida; volví a mirar hacia la casa. Sólo la Casa Nueva, y bancales baldíos sin asomo de arado, almendros secos, olivos enmarañados y retorcidos, algunos pies muertos de viejas vides. Me incorporé, el hombro me dolía. Palpé con la mano. Estaba caliente, y húmedo. Sangraba. Miré mi reloj: las siete de la tarde, pero ¡estaba parado! Busqué el Sol; por su posición calculé que serían las nueve de la mañana. Eché una última mirada a aquella pesadilla que permanecía inmóvil en una foto fija e intenté comprender una vez más, sin resultados. Volví a montar en bicicleta y me alejé de allí todo lo rápido que pude.
En el centro de salud del pueblo me curaron tres impactos de perdigón, pero por más que hurgaron no encontraron los plomos. Obviamente no les expliqué lo que me había pasado porque no me hubieran creído. Aduje que había oído un disparo, había notado un impacto pero no había visto a nadie. Quizás un cazador errara un tiro.
Lo que no pude explicar al llegar a casa fue la noche que había pasado fuera sin dar señales de vida.
Porque la historia que conté nadie me la creyó.
Hasta seis meses después en que me atreví a volver a la Casa Nueva acompañado por mi hermano, incrédulo hasta que bajamos al sótano, entramos en la mazmorra y vimos un esqueleto sobre un camastro de oxidado metal, con las muñecas y tobillos aferrados por cadenas que tenía entre sus dedos de hueso, cubierto por una espesa capa de polvo y telarañas, mi casco de ciclista.