UNA RATO DE PLACER CON… UNA FLOR (I)
3 Mayo, 2008 por tomasvte
Pues ya llevo días queriendo escribir esta entrada pero otros asuntos la han relegado hasta hoy. Trata de algo muy sencillo: una planta. No, no es que la planta sea rara, exótica o especialmente bella. Es que en torno a ella pasé momentos verdaderamente hermosos. Y cuando lo cuente se verá que es una insignificancia pero lo cierto es que disfruté mucho. A veces, con las cosas más nimias se puede ser feliz aunque sólo sea unos instantes.
El tiempo está revuelto en estas vacaciones de Semana Santa. Lo peor es el viento. No me apetece salir de casa.
Llevo cuatros días dedicado a leer, escribir, dormir, pedalear en la bicicleta elíptica, navegar por internet y pocas cosas más a la espera de que amaine el vendaval para salir a la sierra y pasear por ella. Pero esto no tiene visos de cambiar, y ya doy vueltas por la casa como león enjaulado.
Son las cuatro y media de la tarde. No aguanto más. Me pongo el chándal, me calzo las deportivas, me echo a la calle y me sumerjo en el vendaval que no cesa.
En mis salidas, ya sea a pie ya en bici, como la cabra, siempre tiro al monte, pero hoy mis pasos se encaminan en otra dirección. Quizás sea el viento que me empuja a su antojo, y yo me dejo llevar, vapuleado por su fuerza inmisericorde. Sigo el camino que discurre paralelo al canal del transvase por la margen derecha en dirección a Villamartín; lo abandono unas decenas de metros antes de llegar a una estación de bombeo y continuo por la pista asfaltada. Sorteo un nutrido grupo de abejas de vuelo errático, también ellas luchan contra el vendaval, que cruzan en busca de alimento o con él de regreso a la colmena.
Voy a buen paso, ayudado por el viento que me entra de costado o por la espalda. Casi sin darme cuenta me encuentro a la altura del Barranco Alcaraz, tramo alto de la rambla Fayona. Me detengo. Hace muchos meses, quizás algunos años, que no la recorro. Es buen momento para visitarla porque, además, en su interior habrá calma.
Me deslizo hacia el fondo por la acusada pendiente que baja desde la plataforma del canal; en unos segundos estoy abriéndome camino entre el boque de cardos que ocupan el fondo de la rambla, allí donde los vertidos de tierra de la cercana cantera han alterado el hábitat. Enseguida desaparece el viento, y los cardos, y el mundo exterior. Estoy en un paraíso terrenal, que además de rambla es también una vía pecuaria: la vereda de Dolores.
Me encamino hacia el oeste, hacia la cabecera. Un lagarto se escabulle entre los tallos grises de un arbusto y un conejo se da a la fuga unos metros más adelante. Desde las paredes verticales y horadadas que enmarcan el cauce de la rambla vuelan varias parejas de grajillas que van y vienen transportando ramitas entre sus picos para preparse el nido. La vida fluye en el interior del cauce, ajena al azote del viento que brama afuera.
Enseguida descubro el flujo de un delgado hilo de agua: es un milagro que en estas tierras resecas, con unos meses tan parcos en lluvias, el agua todavía corra por el lecho de la rambla ajena a la sed del exterior. Y esa estrecha lámina de agua, que se magnifica en dos charcones que encuentro unos metros más allá, es lo que le confiere a ese tramo un encanto especial, al menos para mí, claro está. Decido que he de volver con mi hijo y mi compañera.
Avanzo a buen paso, aunque me entretengo más de lo que yo quisiera contemplando el discurrir del agua, las oquedades erosionadas en las paredes, las conchas fósiles atrapadas entre las areniscas, las flores de los tarays, y las huellas de las motos de motocross que a menudo transitan por el paraje sin importarles el daño que causan en este espacio tan singular.
Cerca ya de finalizar el trayecto, a la izquierda se abre un corto ramblizo, conocido como El Charco de la Paloma. Un charco forzado por la construcción de un pequeño muro para retener el agua de avenida y que ahora está seco y aterrado de sedimentos. Unos carrizos todavía atestiguan la humedad de su fondo.
Arribo al inicio de la rambla, abrigado por un bosquete de eucaliptos que mantienen en penumbra el lugar; algunos se levantan rectos, otros demasiado inclinados, alguno seco ha sucumbido y yace cruzado sobre el cauce incipiente.
Con poca gana abandono la umbría y salgo de nuevo a cielo abierto donde el viento me azota y me zarandea otra vez. No importa, atrás he dejado un itinerario salpicado de obstáculos que sortear y que seguro harán las delicias de mi hijo. La aventura está servida.
Continuará…
MARCHA ASE por la vereda de Andalucía. Domingo 18 de mayo. 10:00h. Área Natural de Pinar de Campoverde. Pilar de la Horadada.
Inauguración el miércoles, 14 de mayo a las 20:30 h











