UN RATO DE PLACER CON… UNA FLOR (II)
7 Mayo, 2008 por tomasvte
Tres días después he vuelto a la rambla, ahora con mi hijo y mi compañera, y con la cámara de fotos. El viento sigue soplando aunque con menor intensidad que en jornadas anteriores, pero da igual porque en el fondo del cauce habrá calma.
Primero es el descenso por la pronunciada pendiente, después el estrecho pasillo entre los cardos, a continuación varios túneles vegetales entre tarays y carrizos, más adelante nos escabullimos por debajo del tronco caído de un pino seco; un poco más allá vadeamos un charcón de resbaladizas paredes y sorteamos rocas erosionadas que obstaculizan el paso. Hacemos un alto para observar y fotografiar algunas conchas fósiles atrapadas entre las areniscas. Un buen trecho más adelante, cerca del punto de encuentro con el Charco de la Paloma, nos vemos obligados a reptar bajo las ramas de un taray, único lugar de paso puesto que el resto del lecho está cubierto de barro y agua. El muchacho disfruta salvando con facilidad cada una de las imprevistas dificultades que aparecen en el camino. Hemos visto el lagarto, conejos, torcaces y grajillas.
Para subir hasta el Charco de la Paloma debemos cruzar a la otra orilla para lo que hemos de salvar una anchura de unos cuatro metros de agua y fango de escasa profundidad. ¿Qué hacemos?, le digo a mi hijo. Pues poner piedras. Y las buscamos, las colocamos y con varios equilibrios inestables franqueamos el obstáculo.
Un corto trecho sobre un suelo arenoso, una arriesgada subida por una pared casi vertical y ponemos los pies en lo que hace años era una reserva permanente agua. Otra pared vertical de roca esculpida por el agua durante siglos, con arañazos de los conejos impresos sobre ella, nos invita a escalarla y ver qué hay más allá. Aceptamos. Mi compañera se queda. El ramblizo se va perdiendo poco a poco entre tierras rojizas y arenosas.
El descenso es más dificultoso pero nos ayudan los arbustos a los que asirnos o salvamos la altura con saltos atrevidos. Ya casi llegando de nuevo a la rambla, mi compañera las descubre; se ha quedado atrás y me llama. ¿Qué flores son éstas? No las he visto en todo el camino, sólo aquí, me dice. Es verdad, no hemos encontrado ninguna como ésta. Me parece que reconozco la familia pero no sé de qué especie se trata. La buscaremos en casa en los libros de botánica, le digo. Y le hacemos varias fotos.
Volvemos a cruzar sobre las piedras; ya estamos llegando al final del trayecto, aunque todavía nos queda afrontar una última dificultad: un paso excesivamente inclinado al borde del agua que salvamos sujetándonos con la punta de los dedos a la estrecha repisa que forma un oportuno estrato a la altura de nuestras cabezas. Pero en el bosquecillo de eucaliptos que crece en la cabecera de la rambla nos espera una sorpresa.
Descubro un árbol caído que cruza de lado a lado los primeros encajes del lecho, y mi hijo troncos tan inclinados que invitan a trepar por ellos. Y no nos resistimos a jugar con equilibrios, balanceos y contorsiones para atravesarlos o escalarlos. Rodeados por esos colosos que nos aíslan con su frondosidad del mundo exterior nos parece estar inmersos en el corazón de una recóndita selva cual intrépidos exploradores ávidos de aventura. Y lo disfrutamos.
Regresamos por donde hemos venido. Muy atentos para descubrir en otro lugar esa flor que ha encontrado mi compañera.
Continuará…
Inauguración el miércoles, 14 de mayo a las 20:30 h











