Aunque escriba de ello ahora no es porque lo haya descubierto en los últimos días, no. Hace ya unas semanas que me estrellé contra su estridencia. Lo que ocurre es que siendo como es algo imperecedero, al menos durante los próximos tres años, pues no me he dado ninguna prisa.
Me refiero a la Casa de Cultura, mejor dicho, al azul PP con que se han atrevido a vestirla por fuera. Los comentarios que he escuchado son de lo más sabrosos pero no quiero repetirlos aquí por respeto a lo que representa ese edificio. Únicamente diré que tan sólo falta adornarla con algunas luces de neón y ya no la reconocería “ni la madre que la parió”, como diría el ocurrente Alfonso Guerra, y a buen seguro que generaría muchas confusiones y no menos decepciones.
Yo tengo dos hipótesis al respecto y ambas se complementan. Una: como el azul PP está de moda tanto en el País Valenciano como en San Miguel pues, ni cortos ni perezosos, los mandamases locales han decidido erigir la Casa de Cultura como una estática bandera “popular” que impacte a la legua. Así, sin necesidad de preguntar, se sabrá que mandan ellos.
Dos: dada la inexistente política cultural de la “cuadrilla” de desgobierno municipal pepeista -¿No saben? ¿No quieren? ¿No tienen ideas? ¿Les falta dinero? ¿Todas a la vez?-, es decir, puesto que el contenido no se ve por ninguna parte, salvo algunos destellos esporádicos, parece que han decidido hacer visible el continente. Y a fe que esto último lo han conseguido. Tanto que podríamos tararear aquella antigua canción infantil: “tengo una Casa de Cultura vestida de azul, con su rótulo y su escudó” (escudo lo acentúo para que suene bien).
Con los tiempos de crisis que corren ya no se les oye hablar del auditorio tanto tiempo prometido, y han sustituido la política del ladrillo por la de la pintura, que es más barata. Que se note que algo cambia aunque siga siendo lo mismo.
Sé que hace unos meses, en los comienzos de la legislatura, los concejales de Izquierda Unida presentaron una propuesta para que se realizara una semana de las artes -pintura, música, teatro, cine, danza, etc.- para ir conformando un espacio cultural propio y diferenciado que pudiera llegar a ser un referente en la zona. La patética mayoría pepeista la despachó sin llegar a debatirla siquiera. Estaban sobrados. Parece que ya tenían en mente su propia revolución cultural: pintar de su color la Casa de Cultura.
Tal vez se asiente como costumbre repintar el edificio según el color del gobierno municipal de turno: azul cuando mande el PP, rosa cuando gobierne el PSOE; y si el gobierno es de coalición entre PSOE y EU pues habrá que pintarla de colorines -rosa, rojo, verde y violeta- según la representatividad de cada fuerza. Todo un espectáculo. Podría incluso llegar a ser el mayor atractivo de las elecciones municipales, dejando a un lado propuestas y personas, saber de qué colores quedará pintada la Casa de Cultura durante cuatro años.
Aunque después de todo, como dice mi hermano, “para gustos… los colores”.












