Hace unos meses, caminando por el campo para mantener a raya el “azúcar”, me tropecé con un enorme mosntruo mecánico que con su mortal garra de acero atrapó a un viejo algarrobo y lo sacó de la tierra como si de una liviana pluma se tratase. El mosntruo despejaba el camino para tender una tubería para el agua de la desaladora de Torrevieja. Aquella acción tan sancilla, tan mecánica pero tan fría y brutal me hizo reflexionar durante buena parte de mi recorrido sobre cómo un árbol puede soportar abandonos, deterioros de su corteza, agujeros, podas de sus ramas y casi siempre suele salir adelante: restañará sus heridas, echará nuevos brotes, construirá nuevas ramas y volverá a dar frutos, más abundantes y grandes cuando las condiciones sean propicias, más escasos y menguados cuando sean adversas. Sólo si atacamos sus raices se encontrará en grave riesgo de sucumbir.
Viendo las propuestas estrella del reciente congreso del PSOE -voto inmigrante, muerte digna, aborto-, aireadas por todos los medios como una seña inequívoca del giro a la izquierda, o a la radicalización, según quien pague, he vuelto a recordar aquella reflexión, y se me antoja una buena metáfora de lo que hace este gobierno -que es el que toca ahora-: jugar con la estética de la ramas o de la hojarasca pero dejar intactas las raíces.
Y no es que piense que no es importante llevar a cabo esas propuestas tan celebradas -ya veremos en qué caban-, que lo son y mucho, lo que ocurre es que las raíces siguen intactas: las raíces del sistema siguen en su sitio. La superesctructura económica, a pesar de la cuádruple crisis que por primera vez en la historia sufre el sistema capitalista mundial -financiera, energética, alimentaria y ecológica-, no se toca en lo más mínimo: nada de un fuerte sector público, nada de potenciar seriamente la economía social, nada de limitar los beneficios de las grandes corporaciones para que sean ellas quienes paguen la crisis, nada de una apuesta decidida por la sostenibilidad.
Y esa apuesta por el maquillaje del sistema, por hacer más atraciva su presencia o más saneado su ramaje para que ofrezca una mejor protección conlleva la buena amistad con aquellos otros jardineros mundiales que tienen en su jardín un árbol idéntico aunque se tomen menos molestias en su apariencia externa. Por eso, este Presidente, este gobierno es tan condescendiente con Israel, que oprime y masacra palestinos, o con el de Marruecos que tiene invadida la tierra de los saharauis, pongamos por caso, y en cambio se enfrenta a aquellos que le han metido mano a las raíces del sistema, Venezuela, pongamos por caso.
Por eso, el vergonzoso asunto pendiente del Sáhara, de su referéndum, de su independencia, de sus 200.000 refugiados en el desierto argelino, de los desaparecidos en las cárceles de Hassan II, heredadas por Mohmed VI, de la represión en los territorios ocupados apenas va a tener, si la cosa viene bien, alguna ligera mención de cara a la galería, y sin que moleste mucho al vecino del sur, gran amigo del Borbón -será lo de la sangre real que como todo el mundo sabe está hecha de otras sustancias más etéreas, más divinas-.
Que nadie se haga ilusiones de que Zapatero y los suyos van a mover un dedo para que este pueblo alcance al fin su libertad, su tierra y su futuro. Entre otras cosas porque mientras no decidan -y no lo van a hacer- meterle mano a las raíces del sistema no podrán hacer valer ni siquiera las resoluciones de la ONU, ni siquierea el Derecho Internacional. Por eso, quizás no valga la pena perder el tiempo en preguntarle ¿Y del Sáhara qué, presidente?












