Lunes, 15 de septiembre. Orihuela. Salgo de la consulta de mi dentista. Revisión anual. De vuelta hacia la calle en la que he dejado aparcado el coche cruzo la Glorieta. Me llaman la atención las banderolas que cuelgan aquí y allá. Hay de dos tipos. Su texto: “¿Quieres bajar a jugar?” “La calle es nuestra”. Esbozo una sonrisa involuntaria.
-¿De qué te ríes? -me pregunta mi mujer que me acompaña.
-¿Has leído los carteles? Ahora se ha convertido en una actividad extraordinaria lo que hace unos años era lo más normal del mundo, al menos en los pueblos.
Claro que la actividad solamente es para dos días, 20 y 21 de septiembre, pero eso sí con sus caras banderolas para anunciarlo, con el patrocinio de la CAM, el ayuntamiento y la diputación (cito de memoria). Que los niños ocupen la calle para el juego es una más de esas celebraciones que sirven para recordar las costumbres de antaño. Porque ahora la calle ha dejado de ser espacio común para las personas para convertirse en aparcamiento y tránsito de coches.
Hasta no hace mucho, todavía era frecuente encontrar niños jugando al balón en mitad de una calle poco transitada, con dos piedras haciendo de portería y las rejas y persianas de parapetos protectores de los cristales. Si algún coche pasaba se apartaban rápidamente las piedras, se recogía el balón e inmediatamente después se continuaba con el juego. Ahora, los parques cumplen ese papel a costa de que las plantas del jardín se vean a menudo aplastadas por el propio balón o por los pies apresurados de los niños que lo recogen.
Como cada vez es menos frecuente ver a la gente sacarse la silla o la mecedora a la calle en busca del fresco de las noches de verano mientras se comparte conversación con los vecinos. Una porque en la calle no hay tele, otra porque ya van quedando menos plantas bajas en favor de los pisos y otra porque el espacio ya no es tan abierto como lo era antes de que tanto coche pegado a las aceras hiciera de “cortafresco”. No sería de extrañar que algún día leyésemos banderolas colgando aquí y allá anunciando “la noche de tomar el fresco en la calle”, eso sí, con los logotipos de los selectos patrocinadores de evento tan especial.
Tengo para mí que el creciente progreso que disfrutamos nos está cobrando, en muchas cosas, tributos demasiado altos que pagamos sin apenas darnos cuenta, hasta que ya es demasiado tarde.







Efectivamente amigo, quizá sea uno de los grandes problemas de la sociedad actual. Y parece que a la gente no le importa.
Hace bien poco una encuesta se hacía eco del abandono que perciben los niños por parte de sus padres. Ahora se juega más con la XBOX que con el propio cuerpo.
El gran conflicto es que el juego es definido por los psicólogos del desarrollo como la base fundamental en el aprendizaje motor, la creatividad y la socialización.
Tengo 23 años y creo que mi generación fue la última en jugar a las canicas y a la peonza. Cuando paso por los parques de Ciudad Rodrigo, me sorprende enormemente observar los columpios vacíos o solamente ocupados por inmigrantes (por distintas razones, estos niños sí que juegan al modo “tradicional”, por no decir que son los únicos que juegan). Los inmigrantes, especialmente aquellos que llevan poco tiempo en España, no suelen concebir el juego únicamente en casa. Por no hablar de que no suelen tener suficientes recursos como para comprarle maquinitas al niño.
En fin, y luego somos nosotros los “avanzados”.
Un saludo