Me está resultando extraño este otoño-invierno que avanza lentamente entre lluvias, fríos y vientos. Nunca ha sido de mi agrado esta época del año de luz escasa que percibo melancólica, de días cortos y noches interminables. Pero esta temporada me está pesando demasiado porque, si bien agradezco las generosas precipitaciones caídas que no han dejado secarse el suelo de los bancales en los últimos tres meses, son demasiados los días de frío intenso para quien, como yo, se había habituado a los benignos días invernales de la ribera del Mediterráneo.
Y me he tenido que comprar un sombrero para abrigarme las ideas porque la clara cobertura natural que la herencia genética me ha regalado ya no es suficiente para salir a la calle antes de las ocho de la mañana. Los guantes ya los tenía, de cuero. Guantes de cuero he tenido desde que cobré mi primer jornal como trabajador de la enseñanza, hace ya unos cuantos años. Fue lo primero que me compré porque se la tenía jurada al frío que me había helado las manos durante años en aquellas ingratas mañanas de estudiante en Orihuela. Los guantes de lana que mi madre me conseguía no eran suficiente defensa para recorrer a pie la que, con 11 ó 12 años, se me antojaba inabarcable distancia entre la parada del autobús y el instituto laboral.
Aunque lo más insoportable son los vendavales que se han apresurado a dejar en entredicho el refranero español. Enero le ha arrebatado por esta vez el título a marzo, y febrero no pinta mucho mejor. Temo que el mes tercero quiera recuperar su primacía. Encima, la mayoría de las viviendas no están preparadas para hacer frente a estos fenómenos naturales, que los humanos estamos fortaleciendo con nuestras prácticas insostenibles, y el aire entra por todas partes, el traqueteo de puertas y ventanas es continuo, el aislamiento es deficiente y, para colmo, la factura eléctrica se sube a las nubes con lo que la manta se convierte en un elemento imprescindible para sobrevivir.
Y por si algo faltaba, ahí está ese pesimismo que percibo en el ambiente por la crisis que nos han traído tanto ladrón de traje y corbata, guante blanco, sonrisa engañosa y maletín repleto, esa mirada triste en los ojos de amigos o vecinos que han perdido el empleo o que viven en la inseguridad de ser el siguiente, esa sensación de incertidumbre ante un futuro que no escampa.
Las flores efímeras de los pocos almendros que sobreviven me han traído una bocanada de esperanza al anunciar la primavera todavía lejana. Por momentos me desespero añorando la luminosidad de los días que ya le ganan a las noches, el desparpajo de las plantas vistiéndose de colores, el trino o el revoloteo de tantas aves que vuelven, el bosque que se despereza. Sé que la sombra que se abate sobre medio mundo no se va a retirar porque llegue el verano, pero igual nos infunde a todos más ánimo para empujar hasta “enterrarlos en el mar” a los que han ocultado el sol que a todos nos debe calentar por igual.













Muy bonito. Es precioso saber expresar lo que uno siente, piensa o le sugiere el mundo que le rodea. Admiro a las personas que saben ponerle melodía y elegancia, a las letras, palabras o frases y que haciendo uso de un simple papel u otro medio, transmiten su forma de ver las cosas, pero eso sí, con elegancia.
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