Un Sol hermoso, a punto de perderse tras la línea engañosa del horizonte, derramaba con generosidad una espectacular luz naranja sobre un paisaje sereno al que tintaba de una cierta irrealidad. Enfrascado en la recogida de los múltiples cachivaches que uno es capaz de cargar cuando decide pasar un día de campo, me habría perdido el mágico atardecer de no ser por un buen amigo con el que había compartido la jornada.
“Mirad que puesta de sol”, dijo, y fue suficiente para que durante unos largos minutos permaneciéramos todos los presentes inmóviles en mitad de la era, con la boca entreabierta por la sorpresa y la vista perdida en la lejanía tratando de atesorar la singular belleza que el Sol nuestro de cada día acababa de crear.
“Jamás podrá la necia especie humana crear algo tan bello como esto”, dijo de nuevo para romper el hechizo cuando la última línea del disco solar se hundía hacia el otro lado del mundo. Y fue con esa frase como mi amigo le puso punto y final a un día en el que la Madre Naturaleza fue protagonista de las conversaciones.
No estoy seguro si fue tras el almuerzo, durante el aperitivo o en el postre cuando mi amigo, a pesar de su aparatoso verbo, que puede parecer zafio a primera vista, tratando de explicar las sensaciones que sentía cuando se adentraba caminando en el bosque, convirtió sus palabras en poesía: “quisiera ser el viento que mueve las hojas, formar parte de la flor de una planta, fundirme con un árbol, ser uno con los pájaros y volar, no sé si me entendéis, es que no sé como explicarlo”, nos dijo a los presentes. A mí no me hacía falta. Yo lo entendía perfectamente porque también he tenido sensaciones parecidas. Quien no lo ha experimentado no lo puede comprender, y es fácil que no pueda reprimir una elocuente media sonrisa.
Pero estos comentarios de mi amigo, cargados de un profundo amor por la naturaleza, destilaban a la vez mucha amargura y un doloroso desprecio hacia una de las especies que habitan el planeta: la especie humana. Y calentándose la sangre arremetía una y otra vez contra ella, a voz en grito y salpicando sus comentarios de gruesas palabras que no debo repetir aquí: “Es la única especie que se ha empeñado en destruir la Naturaleza, que está llevando a la extinción a miles de especies, que está saqueando los recursos naturales, que arrasa con bosques enteros, que está provocando un cambio climático de imprevisibles consecuencias, que consiente que se mueran de hambre millones de los suyos…”.
Él achacaba el origen de los problemas ambientales a la superpoblación del planeta, que cuenta con recursos limitados, y veía necesaria una drástica reducción del número de humanos para que exista futuro para el conjunto de las especies, incluida la nuestra. Yo, en cambio, argumentaba que una buena parte del problema tenía su raíz en el mal reparto de los recursos y en el uso que de los mismos se hace. Porque no es admisible que unos pocos tengan mucho y muchos no dispongan de casi nada.
Pero lo que más me llamó la atención fue su derrota. El convencimiento de que esto no tiene arreglo, y la tentación de volver la vista hacia sí mismo y los suyos más cercanos y tratar de pasar el resto de su vida de espaldas a un mundo cruel e involucionado. “Me voy a ir de aquí a un pueblo bien pequeño, con poca gente y buena tierra, porque este mundo ha perdido los valores, si es que alguna vez los tuvo”, decía.
Y, en los tiempos difíciles que corren para quienes tienen sensibilidad por la Naturaleza o por sus propios congéneres, para quienes creen en la justicia, en la honestidad y la honradez como normas de conducta, en el trabajo bien hecho, en la responsabilidad hacia los demás, en el respeto a lo público, en la igualdad de oportunidades, en todos esos valores que nos permiten vivir sociablemente, quizás, en esas personas, que todavía las hay, el desánimo, el hastío, la sensación de fracaso o de inutilidad de sus ideas o de sus acciones sean fantasmas que acechan cerca.
La gran victoria de los de arriba es hacer creer a los de abajo que las cosas son como son y por más que se esfuercen no conseguirán cambiar nada. Pero mientras los de abajo no claudiquen la batalla sigue abierta Y no hay que olvidar que los de abajo somos muchos más, tan solo tenemos que darnos cuenta.













me pasé por aquí leyendo para lo mejor de la semana roja. Saudos
Gracia Rafa. Siempre es un honor ser visitado por tan ilustre bloguero. Salud