Hoy, 10 de diciembre, es otro de esos días que llenan el calendario con celebraciones de acontecimientos a los que se les supone una importancia equivalente a la trescienta sesenta y cincoava parte de un año. Para unos es el momento de resaltar la importancia de la causa que sustenta el evento, pasado el cual se diluye su esencia en el quehacer diario; A otros les sirve para tranquilizar la conciencia inquieta que se disgrega entre lo que se piensa y lo que realmente se hace. Para algunos más, el día de…, el aniversario de…, no es sino otra forma de mantener la ficción de que el sistema se preocupa de las necesidades de las personas cuando en realidad es todo lo contrario.
Así ocurre con la celebración del sesenta y tres aniversario de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que se escenifica este 10 de diciembre. En lugar de celebración debería ser día de luto porque es una de las normas más incumplidas en la mayor parte del mundo. Algo que la estafa de la crisis ha agravado. Es quizás el documento más hermoso jamás escrito, es quizás el documento que más adhesión formal haya alcanzado nunca por parte de los Estados de la Tierra, es quizás el papel más mojado del mundo. En su nombre se llevan a cabo las luchas más honrosas, y en su nombre se desatan las guerras más crueles.
Es por ello que debiera ser libro de cabecera de toda persona que crea en las personas y en sus derechos inalienables para leerlo diariamente como oración laica antes de cerrar los ojos al sueño e inmediatamente después de abrirlos a un nuevo día. Debería ser objeto obligado de estudio y práctica en todas las instituciones educativas del mundo. Y cada juez debería encomendarse a esos treinta artículos nada más cruzar las puertas del juzgado.
“Todos los Derechos Humanos para todos, en todo tiempo, en todo lugar” debería ser la divisa que cada persona llevara como estandarte, pensándola como un todo global que se materializa en lo lejano pero también en lo cercano, y desde una perspectiva individual, aun en un marco colectivo llegado el caso. Es preciso involucrarse en la defensa de la mujer que lapidan, del campesino que echan de su tierra, del refugiado o del condenado en un país lejano, pero también del parado que vive en nuestra calle, del desahuciado por el banco con el que hemos tomado café, del inmigrante explotado cuyos hijos comparten aula, porque estos vecinos nuestros también sufren en sus carnes la ausencia de esos derechos universales.
Porque esos a los que conocemos y cuyos derechos humanos son vulnerados son los que pueden darnos la fuerza necesaria para seguir reclamando por todos. Por todos y por ella, por Koría, la joven saharaui retenida en los Campamentos de Refugiados Saharauis de Tinduf, llevamos muchas personas once meses ya tratando de hacer efectivos los derechos humanos que hoy se conmemoran. Es un ejemplo de lo mucho que hay por hacer y de lo poco que hay por celebrar.












