Los focos ya han dejado de iluminar el último gran desastre ocurrido como consecuencia de la existencia de centrales nucleares. Fukushima ya es un leve rumor en la memoria del mundo entero —lo que no sale en los medios de comunicación deja de existir— y tan solo alguna noticia secundaria de forma esporádica agita levemente la frágil memoria de quienes no sufren directamente los efectos devastadores del grave accidente sufrido en marzo de 2011. Lo que parecía ser el inicio de un gran debate mundial en torno a la peligrosidad de estas instalaciones de producción de energía se ha ido diluyendo como un azucarillo en el océano de la crisis o los mares de guerras habidas y por haber. Los poderosos intereses nucleares hacen bien su trabajo con los medios de desinformación.
Que Japón haya cerrado 49 de los 54 reactores con que cuenta o que Alemania haya decidido cerrar todas sus centrales para 2022 es importante pero no suficiente porque la radioactividad no tiene pasaporte y no respeta fronteras. Ese adormecimiento general del que tanto está costando despertar también abarca la despreocupación por una fuente de energía que encierra en sí misma un potencial de muerte y destrucción inimaginable, que a diferencia de otros desastres perdura en el tiempo en los seres vivos, humanos incluidos, y en el territorio haciéndolo inhabitable por siglos.
No es casualidad que hayamos visto escasas imágenes de los efectos producidos en las personas por la radioactividad en accidentes como el de Chernobyl o el de Fukushima, o de los enormes daños causados por las explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Cuanto menos se conozca menos alarma social, menos reflexión y menos protesta a mayor gloria del lobby nuclear. Tampoco es casualidad que periódicamente se lleven a cabo campañas sobre el SIDA en los centros escolares para preservar la salud de la población y que no se haga lo mismo con la energía nuclear por idénticos motivos.
A 150 kilómetros de distancia, en línea recta, desde donde redacto estas líneas, hay una bomba de relojería que amenaza la vida de cientos de miles de personas y de millones de animales y plantas. Se llama central nuclear de Cofrentes. Es una instalación vieja, con una vida útil de 25 años, que ya ha superado en dos y a la que el Consejo de Seguridad Nuclear y el Ministerio de Industria le ha dada 10 años de prórroga, es decir, 10 años más de beneficios para Iberdrola y de peligro e incertidumbre para los ciudadanos. El 29 de noviembre de 2011, a los pocos días de haberse puesto en marcha tras 48 días de parada para recarga de combustible y tareas de mantenimiento, sufrió una parada no programada debido a una fuga de vapor radioactivo. Cuanto más vieja más achaques. Y ya lleva unos cuantos.
150 kilómetros no es mucha distancia cuando el viento sopla. Podemos hacer como que Cofrentes no existe, pensar que es muy difícil que ocurra un accidente nuclear, creer que los que mandan sabrán lo que hacer si algo grave ocurriese o que ya arreglarán los científicos lo de los residuos nucleares, esos que duran miles de años; podemos ignorar pero eso no hará que el peligro desparezca. Y en el peor de los casos ocurrirá como con la crisis: los responsables del desastre se irán de rositas y los de abajo pagaremos todas las consecuencias. Aunque igual hay suerte y Cofrentes no revienta.












