“¡Hasta aquí hemos llegado!” es el nombre de un grupo creado en Facebook por varios profesores como un órgano de información, comunicación y propuesta en estas horas inciertas de movilizaciones ante el robo perpetrado contra los trabajadores públicos y el ataque despiadado contra los servicios sociales, educativos y sanitarios, es decir, contra la inmensa mayoría de los ciudadanos. En poco más de una semana, el grupo ha alcanzado más de 8.000 miembros, y sigue creciendo.
La brillante conjugación de palabras en el nombre del mencionado grupo recoge un sentimiento que se ha ido abriendo paso entre los docentes hasta que, como Pizarros de la tiza o del lápiz digital, hemos trazado una línea que no estamos dispuestos a sobrepasar sin presentar batalla fiera frente a aquellos que han quemado unas naves que no eran suyas mientras nos señalaban con el dedo una Arcadia de ensueño para que no viéramos las llamas que crecían a nuestro alrededor.
¡Hasta aquí hemos llegado! es un grito rotundo, porque no estamos dispuestos a que nuestros hijos, nuestros alumnos, nuestros vecinos, nosotros mismos paguemos los platos rotos de la lujosa fiesta que en los últimos años se ha montado el gobierno valenciano con sus amiguitos del alma, sustentada en el saqueo de las arcas públicas, esas que llenamos entre todos los trabajadores —que pagamos bastante más que los banqueros y grandes empresarios—, a la mayor ignominia del aeropuerto peatonal de Castellón, la estatua grotesca de Fabra, el ruido y las nueces de la Fórmula 1, el escaparate ruinoso de la Copa América, el pelotazo de Terra Mítica y esa larga retahíla de transferencias de dinero público a manos privadas cuyas consecuencias devastadoras quieren ahora cargar sobre las espaldas doloridas de los valencianos y valencinas.
Pero percibo en esa expresión de rotundidad un segundo significado que se filtra entre las conversaciones que estos días de cabreo y protesta se suceden aquí y allá. Un ¡Hasta aquí hemos llegado! con tono de lamento, incluso de reproche personal por haber consentido que las cosas llegaran al punto en que nos encontramos. Por haber dejado en manos de otros nuestro propio destino. Nos hemos dejado abducir por la comodidad del sofá y el Show de Truman. Hemos abandonado a su suerte a nuestras organizaciones sindicales delegando, por incomparecencia, en nuestros representantes la defensa de nuestros derechos, dejándolos sin la única fuerza que los mueve: nosotros. Hemos mirado para otro lado ante la corrupción, el robo, el despilfarro y la sinvergononería como si eso no tuvier que ver con nuestro bolsillo, y ahora le acabamos de ver las orejas al lobo cuando el mordisco hace sangre. Hemos puesto al frente de las instituciones, una y otra vez, a personajes con intereses diametralmente opuestos a los de los trabajadores pero que dominan a la perfección los 11 principios de propaganda de Goebbels. Y hemos abdicado de la necesidad de comprender el funcionamiento del mundo en el que vivimos más allá del escaparate que miramos complacidos.
Ojalá hayamos despertado de ese sueño feliz para descubrir la pesadilla que nos amenaza a trabajadores públicos, parados, usuarios de la sanidad, de la educación, dependientes, jóvenes sin futuro, jubilados con nietos y pesión escasa. Ojalá que la rotundidad de ese ¡Hasta aquí hemos llegado! resuene con la fortaleza, la convicción y la universalidad necesarias para mantener en pie los servicios públicos de calidad para todos que tantos años y sacrificios han costado.














La ilustración que has puesto habla por si sola… La situación es de vergüenza!
De vergüenza para quienes todavía la tienen; los poderosos, los gobernantes nunca la han tenido.