Una pancarta de seis metros, colgada sobre el mostrador de la cocina, preside el salón de la cantina del instituto. En grandes letras rojas destaca el grito de lucha que en estos días aciagos recorre de norte a sur la Comunidad Valenciana: “No a los recortes en los servicios públicos”. Por debajo, otro grito de esperanza, en verde, claro: “Salvemos la educación pública”. La tercera línea, con el negro del luto, recoge la firma de la representación organizada de los padres y madres, el AMPA. Desde las siete de la tarde han ido llegando profesores y madres del colegio Gloria Fuertes y del IES Los Alcores, también una nutrida participación de alumnado de todos los niveles de la ESO. Hay mantas y sacos de dormir para hacerle frente al frío, aunque el calor humano va entibiando el ambiente.
La prensa hace su trabajo y los flashes se suceden durante minutos recogiendo la sentada protagonizada por la comunidad educativa de San Miguel de Salinas. A continuación, la lectura de un manifiesto que expresa los temores y reivindicaciones de quienes lo único que tienen para garantizarse mínimamente los derechos humanos básicos, especialmente salud y educación, es la concepción solidaria de los servicios públicos: cada uno según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades.
Las mesas se van llenando de viandas y el silencio y la formalidad de la lectura del manifiesto dan paso al murmullo, las risas y el encuentro entre unos y otros. Se comparten alimentos, conversación y el tiempo de encierro. Los más jóvenes se entretienen con su móviles, otros se mueven de aquí para allá, algunos se enfrascan con madres y profesores en juegos de estrategia. Los miembros de la Plataforma en Defensa de la Educación y de los demás Servicios Públicos, recientemente creada, se retiran a otra dependencia para celebrar su segunda reunión.
En una mesa apartada tomo asiento y me dispongo a descargar las fotografías que yo mismo he tomado. Desde la distancia observo con atención a los presentes y me pregunto si en el fondo habrán alcanzado a comprender lo que se avecina, más allá de las medidas tomadas o anunciadas que siempre parecen acabar ahí, hasta que se toman las siguientes. Me pregunto si se habrán dado cuenta que los de arriba han decidido quitarle a los de abajo todo cuanto puedan. Que los poderosos han emprendido una guerra sin cuartel contra los ciudadanos normales y que la van ganando. No se trata solo de la educación, es la sanidad, son los servicios sociales, es la justicia, la propia cohesión social, el concepto mismo de democracia, todo puesto en cuestión para que la banca siempre gane.
Dejo sin respuesta mis preguntas. Tal vez actos como este encierro, como las asambleas con padres y madres, como las manifestaciones sirvan para hacer frente a los recortes concretos, y quizás sirvan a la vez para ir formando conciencias, tan alejadas hasta ahora de los entresijos sobre los que se ha ido construyendo la farsa de la crisis y de las verdaderas razones para atentar contra los derechos humanos de la inmensa mayoría de los ciudadanos. El milagro que muchos esperaban no se va a producir, era un secreto a voces que no quisieron escuchar y ahora también lo están pagando. El guión estaba escrito y se va cumpliendo al milímetro. Solo si muchos despiertan a tiempo podremos impedir el regreso al siglo XIX.













