
Una fuerza muy superior, perfectamente organizada y con objetivos precisos, con todos los medios en su poder —legislativos, judiciales, comunicacionales y represivos—, ha invadido nuestras vidas como moderno Atila secando la hierba verde de los derechos más elementales que tanto esfuerzo, sangre y lágrimas han costado en la historia reciente. Esa fuerza destructora, consciente de su inmenso poder, no se detiene ante nada: arrasa con la casa de varios cientos de miles de familias, con el sustento de más de cinco millones de trabajadores ahora parados, machaca la educación y la sanidad pública y con ellas a los más débiles de la sociedad, trae la desesperanza, la escasez e incluso el hambre. Son conquistadores inmisericordes.
Durante tres décadas, los poderosos han ido tejiendo una sólida alianza entre el dinero, los medios de comunicación y los legisladores para dormir y modelar conciencias al gusto de sus intereses bastardos, al tiempo que iban construyendo un marco legal e institucional, nacional e internacional —véase la construcción europea— que les permitiera, llegado el momento, tomar al salto la vida de los de abajo. Incluso se han infiltrado silenciosamente en las organizaciones socialdemócratas y en los sindicatos que alguna vez fueron de clase. La crisis ha sido la excusa perfecta para llevar a cabo su plan.
Los de abajo, desarmados ideológicamente, desmovilizados, desorganizados, huérfanos de referentes organizativos de clase y temerosos ante la incertidumbre lanzan tímidas respuestas aquí y allá como buenamente pueden, provocando, a lo sumo, una media sonrisa entre los poderosos. Saben estos que su inmenso poder reside, precisamente, en la atonía y división de sus súbditos. Han hecho sus cálculos y los resultados les dan la razón.
Pero su poder omnímodo tiene una debilidad del mismo tamaño. En la medida en que los de abajo sean capaces de aunar fuerzas y presentar batalla, el poder de los poderosos irá desmoronándose a la misma velocidad que crezca el de los trabajadores. No entra en sus previsiones, y precisamente por eso es esa la tarea más urgente: construir un bloque popular para enfrentar a las fuerzas del capital.
Cada vez son más las personas que se sienten engañadas, traicionadas e indignadas pero todavía muchas de ellas lo manifiestan en privado, en la tienda, en la barra del bar, con el compañero de trabajo o de lunes al sol. Solo si esa indignación se transforma en fuerza organizada servirá para algo. Pero también es tiempo ya de que las distintas organizaciones de la izquierda social, sindical y política comiencen a trabajar juntas y ofrezcan un cauce creíble y sólido para conformar ese bloque popular que inicie la reconquista de los derechos perdidos. Un bloque que ha de construirse desde abajo en todos y cada uno de los pueblos, de los centros de trabajo, de los centros de estudio.
Ante una fuerza muy superior las escaramuzas pueden servir para mantener viva la idea de resistencia pero si verdaderamente se quiere expulsar al invasor y recuperar lo perdido es imprescindible construir una organización a la altura del desafío.












