Al amparo de la espesa sombra de los almeces que crecen frente a la Toba de Lucas —la casa rural en la que pretendemos cortocircuitar por unos días la omnipresente crisis-estafa-robo— leo La metamorfosis, de Franz Kafka, acompañado por Reina, la mansa perrita que dormita a mi lado, y visitado con frecuencia por Nica, Susi y Viento, los otros tres perros que alivian la soledad de Elías y Fe, el matrimonio que mantiene vivo durante todo el año el cortijo de Yetas de Arriba.
Cierro el libro electrónico y pienso en esa otra metamorfosis, más dramática incluso que la del personaje de Kafka, que estamos sufriendo en los últimos años. Fijo la mirada en el nuevo puente, levantado a veinte metros de la casa, que suavizará la curva de la carretera. Recuerdo que al tomar la A-45 por primera vez, a la salida de Nerpio, nos encontramos con la advertencia de que estaba en obras. Varios kilómetros después comenzamos a echar en falta camiones circulando, maquinaria trabajando, obreros en sus tareas, y nos temimos lo que después nos confirmaría Elías: hace casi dos años que las obras están detenidas; la coartada de la crisis y la falta de dinero la mantienen inacabada.
Durante un paseo vespertino entre Yetas de Arriba y el cortijo de La Pirica, pisando esa misma carretera, tuvimos ocasión de charlar sobre el despilfarro que suponían esas obras, ejemplo del mal uso del dinero público que los gobernantes han desplegado en todos los rincones de la piel de toro. Una carretera secundaria entre montañas que tan solo necesitaba el suavizado de algunas curvas y un buen firme estaba en el trance, suspendido ahora, de convertirse en una especie de nacional con anchos de lujo y trazados que invitan a la velocidad, lo que requiere severos desmontes, las correspondientes expropiaciones y el consiguiente encarecimiento. ¿Para qué?
Además, al circular por esa carretera hacíamos recuento de los puestos de trabajo abandonados, de las familias privadas de los ingresos que les reportaría la decisión de la Administración de retomar las obras, eso sí, con mejor criterio y mayor eficiencia económica. Como esos otros trabajadores que podrían estar adecentando carreteras como la que nos llevó hasta La Graya, en cuyos primeros kilómetros se estrechaba ante la invasión de retamas a uno y otro lado del asfalto. La amplia extensión de bosque que teníamos ante nuestros ojos y las noticias de los incendios que han asolado Valencia y parte de Murcia trajeron a la conversación esa otra fuente de empleo, despreciada por los gobernantes, como es la protección de los bosques: limpieza, vigilancia y prevención, intervención temprana, y cuya cicatería se paga después tan caro.
Mientras Elías regaba su pequeña huerta —“para el consumo de la casa”, decía— hablamos de esa otra metamorfosis operada en las últimas décadas que ha despoblado el medio rural. Los jóvenes han ido abandonando el campo en busca de las mejores condiciones de vida de la ciudad, y lo que años atrás fueron aldeas llenas de vida ahora son ruinas presentes y futuras. “Con los medios que hay ahora, si los gobiernos ayudaran un poco…”, se lamentaba Elías, que junto a su mujer están decididos a seguir en su casa mientras les lleguen las fuerzas plantando su huerta, criando sus animales y destilando su aguardiente.
A pesar de la omnipresencia de la crisis-estafa-robo, allí, en Yetas, a la sombra de los almeces, en el remanso de tranquilidad que arrulla el agua fresca y cristalina que se escurre entre la red de pequeños canales que la lleva hasta huertas y nogales, el ánimo se serena en el espejismo de unos pocos días con la misma facilidad que el regreso a la “civilización” lo altera.







