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Posts etiquetados ‘POESÍA’

Sentado cabizbajo cada día en el portal,

perdida la mirada en la punta de los pies,

cuenta el paso inexorable de la vida

en la sombra de las botas, que conservan

la memoria desvaída de los tiempos añorados

de las risas en el tajo, y del jornal.

Levanta con esfuerzo la cabeza alguna vez

y los ojos se concentran extasiados,

empañados de nostalgia y de dolor,

en la grúa que se eleva solitaria y detenida,

monumento oxidado al progreso que no fue,

por encima de los sueños que enterraron los tejados.

Observa las dos manos desprovistas de durezas

que curtieron el ladrillo y la herramienta.

Las frota, compulsivo, una con otra

maldiciendo su finura y su infortunio,

lamentando tantas manos hoy ociosas,

deportadas del andamio, de la fábrica, del tajo.

Sentado cabizbajo en el portal, cada día

oye el rumor que crece desde el fondo de la calle.

Divisa un enjambre de pies que vienen pisando fuerte,

un mar de voces que grita, escucha sin alzar la frente.

Vuelve a frotarse las manos desprovistas de durezas,

consolándose con quejas, cuando el tumulto se pierde.

El tiempo ya ni lo cuenta. Consumido en su rutina,

un día, temeroso alza la vista al paso de tanta gente,

y su mirada se encuentra con manos endurecidas

de enarbolar esperanzas que no se dan por vencidas.

Intenta, sin darse cuenta, despegarse del portal,

pero de tanto morir sentado no puede vivir de pie.

Con otro esfuerzo se eleva y a punto está de caer,

un brazo fuerte sujeta su ensayo de despertar.

Una mano de piel tersa ase con fuerza la suya,

y otra, del tiempo ajada, acude firme en su ayuda.

De blanco tintada, una, le hace que vuelva a andar,

y otra de verde ungida le enseña de nuevo a hablar.

Una marea lo envuelve en olas sin vuelta atrás.

Torna a mirar sus manos y las descubre dispuestas

a manejar la herramienta de fabricar dignidad.

La cabeza, poco a poco, yergue ya sin dolor,

y la vista no la posa en el rancio monumento

que recuerda la falacia de un tiempo de ensoñación.

Dos portales más allá, cabizbajo cada día,

con la mirada clavada en la punta de los pies,

con un ligero vaivén, otro más saca la cuenta

de la vida que se va, atrapado en los recuerdos

desvaídos de aquellos tiempos perdidos

de las risas en el tajo, y del jornal.

Dos portales más allá, quizás mañana o pasado,

con el ruido de la vida, otro más echará a andar.

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BAJO LA CAPA DEL PUEBLO

Bajo la capa del Pueblo

se cobijan los ladrones,

alma negra, cuello blanco,

para ocultar el botín

que amasaron con descaro,

con corrupción y ladrillos,

un ejército de pillos

que brindan con cava caro,

y con billetes encienden

el puro que están fumando,

mientras la cola del paro

se nutre de sombras tristes

que van arrastrando el miedo

con la moral del esclavo.

 

Bajo la capa del Pueblo

se cubren los mentirosos

para esconder su mentira

con el santo de la patria.

Mas la patria no son líneas

dibujadas sobre un mapa,

no son colores que ondean

estampados en la tela,

no son notas que se entonan

mientras cantan las gargantas,

La Patria son solo hombres

y son mujeres la Patria,

es su esfuerzo la bandera

y es el himno su palabra.

 

Bajo la capa del Pueblo

se esconden los miserables,

aunque tienen bien sabido

que el pueblo no tiene capa,

en todo caso un capote,

sin color y hecho jirones,

para torear como puede

las embestidas cobardes,

que hincan siempre en la carne

del parado, del obrero,

de la joven estudiante,

de la mujer y el enfermo,

del niño, del jubilado,

del honrado jornalero.

 

¡Deshazte, Pueblo, de tantas

mentiras sobre tu capa!

 

¡Destierra con tu capote

a aquellos que no son Patria!

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PRESUROSA TE RONDÓ LA MUERTE

Presurosa te rondó la muerte

En busca de su trofeo.

Derrotó tus primaveras,

Rebosantes de mañana,

Oscureciendo los días.

 

Tan solo la piel retiene

los trozos en que está roto

el padre que llora inerme

al que ayer era su hijo

y ahora solo es un muerto.

 

Derrumbada en una silla,

la madre se muere en vida

sin despegar la mirada

del que ayer era su hijo

y ahora solo es un muerto.

 

Unos ojos se derraman

en lágrimas enamoradas,

son los ojos de una sombra,

viuda de su futuro,

que atraviesan el cristal

y abrazan con la mirada

al que ayer era su vida

y ahora solo es un muerto.

 

Prendida de una farola,

en un instante siniestro,

se quedó toda la vida

que quedaba por vivir,

y la muerte en su rapiña

se hizo dueña del cuerpo

del que ayer era tan joven

y ahora solo es un muerto.

 

Solo se oyen los pasos,

pesados sobre el asfalto,

del silencio que camina

camino del Camposanto

llevando sobre sus hombros

la losa de un cuerpo yerto,

que ayer vibraba de vida

y ahora solo es un muerto.

 

Toda la pena se agolpa

en ese adiós que es el último.

Todo el dolor se desata

en lágrimas enamoradas,

se mete por los desgarros

de cuerpos por siempre rotos

que ayer tenían una vida

y ahora un tanto de muertos.

 

Pero la muerte no puede

enterrar toda la vida.

Ni puede la vida toda

desprenderse de la muerte.

Queda vida en los recuerdos,

y en el dolor va la muerte.

 

 

 

 

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Soldado,

tú que dejas el fusil

unos días en el cuartel,

¡mírame!

¿Ves supurar de tristeza

cada poro de mi piel?

Soldado,

yo te digo:

tú que te vas, llévame contigo.

 

Muchacho,

tú que vuelves a tu hogar

a reunirte con los tuyos,

¡mírame!

¿Ves que en mis ojos resecos

no quedan lágrimas ya?

Muchacho,

yo te pido:

tú que te vas, llévame contigo.

 

Viajero,

tú que andas los caminos

que van a cualquier lugar,

¡mírame!

¿Ves que mi boca agrietada

solo grita libertad?

Viajero,

yo te sigo:

tú que te vas, llévame contigo.

 

Viento,

tú que soplas hacia el mar

sin nadie que te detenga,

¡mírame!

¿Ves los grilletes de arena

que no me dejan volar?

Viento,

yo te elijo:

tú que te vas, llévame contigo.

 

Sol,

tú que muestras tu poder

mientras vas surcando el cielo,

¡mírame!

¿Ves que la melfa que visto

en vez de tela es de acero?

Sol,

yo te exijo:

tú que te vas, llévame contigo.

 

Luna,

tú que iluminas la noche

más allá del horizonte,

¡mírame!

¿Ves mis entrañas desechas

en esta cárcel de arena?

Luna,

yo te obligo:

tú que te vas, llévame contigo.

 

Muerte,

tú que rondas cada duna

acechando tu trofeo,

¡mírame!

¿Ves mi corazón enfermo

cómo apaga sus latidos?

Muerte,

yo te maldigo:

tú que te quedas, no me llevarás contigo.

 

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EL TIEMPO QUE SE ME VA

Sé que la arena que queda

es menos de la que cayó;

quiero saborear cada grano

de la que aún se conserva

en el bulbo del reloj

y deshacerlo en mis manos,

acariciar cada átomo

del tiempo que se me va,

y arrebatarle el recuerdo

de haber vivido, fugaz,

el tiempo que ha sido grano

antes de ser nada ya.

 

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RÍO SEGURA

Una senda estrecha y sinuosa en su dibujo nos lleva a un grupo de enamorados de la naturaleza agreste de la Sierra de Segura, desde Miller hasta el cauce del propio río a través de la Umbría de los Anguijones, atravesando pinares y monte bajo salpicado de madroños cargados de frutos rojos, y campos de olivos en pendientes imposibles, las gotas de agua agarradas a las hojas y un suelo húmedo del que se eleva un aroma característico.

Contemplo el Segura de aguas cristalinas y lamento su muerte cauce abajo. De ahí salieron estos versos:

Descubro la inocencia transparente de tus aguas,

indignamente mancilladas cauce abajo,

en la angostura salvaje de tu valle en cabecera,

abigarradas de verde sus paredes verticales.

Desciendes serpenteando hacia tu muerte

ignorante del destino doloroso que te espera,

repartiendo vida líquida, atrevido y generoso,

por siglos a la tierra, a los hombres, a los seres.

Y son los hombres, miserables con tu gracia,

ladrones del sustento que repartes a tu paso

hasta detenerte, encerrarte, amordazarte y privarte

del sosiego en la bajura hasta abrazarte a la mar.

Una muralla impía, infranqueable a tu nobleza,

cercena tu vocación de río, y te transmuta

en cloaca putrefacta de vilezas y de humores,

cementerio a tu pesar de la vida y de sus seres.

Descubro la inocencia transparente de tus aguas

en la tierna juventud de tus alturas cantarinas,

donde te besa mansamente y te custodia

el verdor agradecido de tu bosque de ribera.

Y mis lágrimas sinceras por tu suerte inmerecida

se entremezclan y se funden con tu cuerpo diluido,

y la rabia humedecida que se escapa de mis ojos

me hace tuyo, me hace río, me sujeta a tu infortunio.

Ya soy agua que se escapa de tu cauce y se rebela,

y levanta tu voz amordazada, en un grito de cascada

que revienta las cloacas y te lleva transparente, otra vez,

hasta entregarte, Segura, en los brazos amoroso de la mar.

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melankoría

Melankoría acaba de salir de la imprenta. Un libro de poemas y dibujos que, bajo el sello editorial Costa Literaria Ediciones, viene a sumarse a las diversas iniciativas que buscan procurar los medios suficientes para sostener el tenaz trabajo de la Comisión Koría para conseguir que la joven saharaui, retenida ya ocho meses en los Campamentos de Refugiados Saharauis de Tinduf, decida en libertad qué hacer con su vida. Porque toda lucha necesita medios.

Una tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente está en el origen de melankoría, primero por el sufrimiento de una mujer, después por la ausencia de una amiga, siempre por esa parte oscura de la condición humana. Pero, melankoría también es, ahora, el nombre de esa chica vital y alegre, ilusionada y confiada que hace ya ocho meses voló al Sáhara para visitar a su familia y que desde entones vive una reclusión involuntaria en mitad del desierto, lejos de todo y de todos, donde su alegría ha sido desterrada por la tristeza.

Entre las formas, las sombras y los reflejos de las magníficas creaciones del dibujante Paco Sáez vive la melankoría que ha ido tejiendo en distintas épocas los poemas de este libro. Pero también se adivinan entre los trazos certeros, atisbos de esperanza que las palabras atesoran en sus significados que conforman estrofas y versos. Y más allá del contenido, más allá de su valor literario y artístico, encierra un enorme valor solidario en su gestación: Juan Navidad, el editor, puso su sello editorial al servicio del proyecto en cuanto le expuse la idea; Ángeles Cáceres, escritora y periodista, no dudó en prologar el libro cuando le pedí su colaboración; Paco Sáez ha dedicado muchas horas y lo mejor de su habilidad e ingenio para interpretar el alma de cada poema; Manu Rodríguez, profesor del IES Los Alcores, se mostró encantado de leer los poemas y formular acertadas sugerencias para tersar su piel; Graciela Conesa, desde su experiencia como bibliotecaria y amante de la literatura y de los libros, supervisó la maquetación del melankoría y me ofreció algún sabio consejo.

Dice Ángeles Cáceres en el prólogo al referirse a Koría que “Su grito desesperado atraviesa las páginas. Ojalá no se deshilache y se pierda en el vacío”. Y ese es el otro gran valor solidario de este libro: que todas y cada una de las personas que sientan la injusticia cometida con Koría tengan entre las manos su grito desesperado, que lo atrapen, lo extiendan y no lo dejen perderse en el vacío.

Ojalá que los versos que fui escribiendo cada vez que la vida me quemaba por dentro ayuden a apagar la hoguera que ahora consume a Melankoría.

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Del otro lado,

un estruendo de risas,

un tintineo de alhajas,

un murmullo de voces,

un eco de brindis y tacones,

una orgía de placeres

se desboca más allá de los cristales,

tras los muros reforzados,

entre el lujo que se gastan los ladrones.

De este lado,

una cabeza se inclina

y otra cabeza la sigue.

Otra más dobla la cerviz,

y mansas se bajan diez.

Cien se recogen sumisas,

mil se declaran cobardes,

y se humillan un millón

sin saber muy bien porqué.

Una mirada se hunde

en la punta de los pies,

y en el suelo se refugian,

temerosas, otras diez.

Cien, apagadas, se pierden

junto a otras mil que no ven,

y se suman a millones

que aun viendo no quieren ver.

Una rodilla se inclina

y otra rodilla la imita.

Diez rodillas más se hincan

abatidas en la tierra.

Cien más se clavan de hinojos,

mil se doblegan sumisas,

y se humillan un millón

ante su propia bajeza.

Con la cabeza bien gacha,

los ojos lamiendo el suelo

y las rodillas hincadas,

un ejército de esclavos

su propio duelo se labran

mientras el látigo fiero,

tejido de engaño y miedo,

sobre sus vidas restalla.

Una cabeza se yergue

y otra cabeza se alza.

Unos ojos se levantan

y otros diez miran de frente.

Una rodilla endereza

un cuerpo que no se humilla

y cien se ponen en pie

por no vivir de rodillas.

Del otro lado,

entre el lujo que se gastan los ladrones,

tras los muros reforzados,

más allá de los cristales,

una orgía de placeres se interrumpe,

enmudece el eco de brindis y tacones

y se apaga el tintineo de las alhajas.

Crece un rumor de voces angustiadas,

un estruendo de alarmas y de quejas…

De este lado,

sobre la tierra, de hinojos,

sin saber muy bien porqué,

muchas cabeza se humillan,

aunque miran de reojo

a aquellos que están de pie

por no vivir de rodillas.

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Fabrico sueños

al por menor,

sueños humildes,

sueños de autor,

sueños rebeldes,

sueños de amor,

sueños hermosos

como una flor,

sueños posibles

sin comprador.

 

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Quisiera pedirle al viento

que me robe las palabras

y se las lleve al desierto,

hasta encontrar una jaima

donde mi vida está presa

en una cárcel de arena.

 

Quisiera pedirle al viento

que no le entregue mi pena,

que le lleve la esperanza

a un corazón de azucena

que poco a poco se apaga

en una cárcel de arena.

 

Quisiera pedirle al viento

que entre sus pliegues me lleve

hasta el confín del desierto.

Y regalarle latidos

a un corazón que se apena

en una cárcel de arena.

 

Quisiera que el viento fuera,

de esperanza, un huracán

que sin compasión barriera

la ignorancia y la maldad

que a mi alegría condenan

en una cárcel de arena.

 

Quisiera que el viento fuera…,

más sé que el viento no es;

yo mismo la arrancaré

de las garras de la muerte

que agazapada la espera

en una cárcel de arena.

 

 

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