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Archive for 27 febrero 2021

En la oscuridad sólida de los días y las noches, aprisionado bajo el peso brusco de la indiferencia, solo me queda el sabor amargo de la desidia, la ignorancia y el abandono. También el sabor salado del recuerdo adormecido entre las piedras, de un tiempo duro, y fugaz como todo tiempo.

Recuerdo las manos expertas, endurecidas y laboriosas, que me cuidaban con mimo cuando mi cuerpo joven era vigoroso y útil. Las voces roncas de vino y humo, las toses crónicas que el tabaco clavaba en el pecho de los hombres mientras cargaban sobre mis espaldas bien forjadas el fruto de su trabajo. El calor espeso que iba creciendo en mi interior, el fuego que lamía mis entrañas con lenguas rojas y amarillas para blanquear la preñez de un vientre efímero. El sueño ligero de quien me cuidaba arrebujado en una manta plateada de luna, punteada de estrellas, bordada de rocío.

Echo de menos las risas colgadas en la comisura de los labios; las mujeres que conocí en la boca juguetona y exagerada de los hombres para aliviar la lentitud del pico y la pesadez rutinaria del capazo; el vino que se escapa de la cárcel de la bota y llena el cuenco de la boca y se derrama hasta el dorso desnudo y sucio de la mano; el tajo preciso y silencioso del filo de la navaja atravesando el hambre hasta un taco de tocino que se cobija sobre un pan de sudor y días.

Un amanecer de luz oscura no volvieron ni las risas ni las voces ni las toses. No hubo adiós ni despedida. Envuelto en bruma y desconcierto llegó el silencio, un desconocido para mí. Y se quedó conmigo sin hacerme compañía, y me hizo prisionero de su nada.

Durante un tiempo mantuve la esperanza. Hasta que el viento trajo una brisa de ecos de abandono a otros como yo. Hasta que un vendaval resquebrajaba mi entereza con ráfagas de angustia y duelo por los que se perdían para siempre bajo el peso muerto del vertido de toneladas de indiferencia, o sucumbían ante una reja hostil y vergonzosa. Tardé mucho tiempo en aceptar que también ese sería mi destino.

Sin embargo, renacía mi esperanza cuando alguien, muy pocos, todo hay que decirlo, se asomaba curioso a mi interior, deseoso de escuchar las historias escritas en el tiempo y en mi cuerpo, me inmortalizaba en una fotografía prometedora y me mostraba el respeto silencioso y el cariño transparente que un viejo se merece. Todavía no he llegado a los sesenta y, sin embargo, reconozco mi precoz y sobrevenida senectud, no porque mi cuerpo todavía vigoroso la padezca, sino porque todo a mi alrededor se agarró al futuro y cambió de universo.

Ahora, en la oscuridad sólida de los días y las noches, aprisionado bajo el peso brusco de toneladas de indiferencia, me resigno a mi destino. Y me aferro a la memoria escrita sobre mis piedras de un tiempo duro y fugaz que nadie quiere conservar.

Nombre de archivo : DSCN0626.JPG Tamaño de archivo : 171.1 KB (175215 Bytes) Fecha de entrega : 2002/10/25 16:51:31 Tamaño de imagen : 1024 x 768 píxeles Resolución : 300 x 300 ppp Profundidad del color : 8 bits/canal Atributo Protección : Desactivado Atributo Ocultar : Desactivado ID de la cámara : N/A Cámara : E775 Modo Calidad : NORMAL Modo Medición : Multipatrón Modo Exposición : Automático Programado Speed Light : No Distancia Focal : 6.2 mm Velocidad del disparador : 1/329.7 segundo Abertura : F8.1 Compensación de exposición : 0 EV Balance del blanco fijo : Automático Objetivo : Incorporado Modo de sincronización del flash : Reducción de ojos rojos Diferencia de exposición : N/A Programa Flexible : N/A Sensibilidad : Auto Nitidez : Automático Tipo de imagen : Color Modo de color : N/A Ajuste de tono : N/A Control de saturación : N/A Compensación de tono : Normal Latitud (GPS) : N/A Longitud (GPS) : N/A Altitud (GPS) : N/A

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No te desanches, bolaga, que no es tan grande el bancal (Dicho popular).

Bolaga en floración

La bolaga (Thymelaea hirsuta) es un arbusto muy común sobre bancales abandonados y márgenes.

  1. Los tallos eran utilizados para hacer asas para cuerdas.
  2. La planta seca y debidamente atada era una buena escoba para la era y el corral.
  3. La planta seca es una excelente «ensendija» para la lumbre. También buen combustible para caldear los hornos.
  4. Cuando los brotes tiernos de los árboles se «empiojaban» se arrancaba una bolaga y se colgaba boca abajo sobre la crucera del árbol. La plaga iba desapareciendo a medida que se secaba la planta. 
  5. También se ha utilizado para «dar torno a la era» o «dar carro a la era»: se trataba de formar el piso de la era, para ello se ataban varias bolagas debajo de una tabla sobre la que se colocaban piedras para que pesara y de ella tiraban dos mulas. 
  6. En infusión se ha preparado para enjuagues bucales con los que aliviar el dolor de muelas. 
  7. Las semillas son muy apreciadas por los pájaros de canto, especialmente los pinzones y verderones, por ello se recogen ramas de bolaga y se ponen en las jaulas. 
  8. Las mismas ramas también evitan que los pájaros cojan piojillo.
  9. La corteza de los tallos más largos, arrancada en tiras sirve como improvisada cinta para un atado urgente.

Biodiversidad Etnobotánica del Campo de Salinas. Historia Natural de Sierra Escalona y Dehesa de Campoamor. VV.AA.

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LA CARTA

Año 1983. Nivel 4º de EGB. Tal es el deterioro del mobiliario escolar que hasta las niñas y niños se dan cuenta. Alguien lo plantea durante una clase de sociales. Se acaba de crear una situación de aprendizaje a la que el alumnado se siente muy vinculado, pues trata de algo con lo que conviven todos los días en el aula. Mi pregunta es: ¿Qué podemos hacer además de quejarnos? La lluvia de ideas, el debate ordenado, el análisis de las propuestas, la información relevante que aporto para abrir caminos, la interacción cooperativa de todos los que habitamos el aula nos lleva al acuerdo de dirigirnos por carta a las autoridades competentes.

La redacción de la carta es otra oportunidad de aprendizaje: ¿Cómo se encabeza? ¿Esa frase es suficientemente clara o podemos mejorarla? ¿Es correcta la ortografía de esta palabra? ¿Podemos utilizar un sinónimo más preciso? El trabajo vuelve a ser colectivo, una redacción en la que todos participamos hasta obtener un borrador aceptable. ¿Quién la escribirá en limpio? Y la clase elige a quien considera que mejor lo puede hacer, porque esa carta nos representa a todos, por eso la firmamos todos, alumnado y maestro. Y la dirigimos a la inspectora de zona y al jefe de los Servicios Territoriales de Educación de Alicante.

Un tiempo después, no recuerdo cuánto, nos llegó la respuesta de Inspección. Tampoco recuerdo si atendieron o no nuestra petición. Lo importante fue que actuamos ante un problema concreto, buscamos soluciones mientras todo se convertía en situaciones de aprendizaje colectivo, también individual. Que reforzamos así la capacidad de análisis, el espíritu crítico y la conciencia de grupo. Lo importante fue que en nuestra aula de 4º habíamos ido más allá de los estrechos márgenes del aula.

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CAMINOS

El olor intenso, pesado y acre del estiércol espesa el aire a mi alrededor, se agarra a las fosas nasales y empuja recuerdos de tiempos mozos de ganado y de corral. El balido grueso, ronco y monótono de algunas ovejas y el más agudo, estridente y enérgico de unos corderillos ambientan la marcha por un camino plagado de huellas invisibles en lo racional, indelebles en lo emocional, de pezuñas, balidos, voces y ladridos.

El labrador detiene el par de mulas y afloja el arado sobre la tierra para contemplar el paso uniforme y pausado, otro año más, del rebaño. Un millar de vellones que lo serán en unos meses, en gregaria y apretada marcha de regreso a su origen. Temeroso de la suerte que pueda correr el sembrado de trigo a orillas del camino, confiando en la inteligencia de los perros, en el saber de los pastores.

Salen de la casa junto a la vereda viejos y jóvenes, mujeres y chiquillos para decir adiós a quienes hace unos meses dijeron hola, a la espera de verlos regresar en la siguiente estación, cuando el frío encienda chimeneas y la pelliza abandone el armario. De nuevo la bienvenida a hombres obligados a abandonar su tierra, su casa, el calor de su lumbre, de su cama, de su hembra. Porque la serranía no entiende de amores, ni de hambres.

Miles de pezuñas arrancan el hálito blanquecino del suelo que pisan, encalando el aire con la huella difusa y evanescente de su paso. Se mezcla el polvo levantado con los silbidos del pastor ordenando al perro el cuido de los almendros nuevos, de la avena tierna, de la cebada que verdea invadiendo el ancho trashumante.

Detiene el leñatero el quehacer de su hacha, el corte de su azada para recrearse unos instantes, mientras limpia el sudor de su frente y alivia el dolor de riñones, en esos otros que como él han hecho del campo su forma de vida, porque de todo tiene que haber en este valle, para unos de lágrimas, para otros de sonrisas.

Se hace a un lado el carretero para franquear el avance de la manada. Ahora ese camino es territorio de los animales. Saluda escueto a los pastores. No los envidia, o quizá sí. Casi un mes caminado les queda para regresar a casa, donde la primavera bosteza.

Cae la tarde, la noche acecha en mitad de la sierra. Una lumbre improvisada, la que cada noche habrá que improvisar, cuece la cena de olla grande o sartén de todos y después crepita entremezclándose con el ulular del búho, el aullido del lobo, el balido de alguna oveja, las palabras que resumen el día y las que introducen otro nuevo. Una lumbre que se harta y desiste entre ronquidos cansados y madrugada que se esfuma.

Caminos que son mucho más que marcas en el suelo, mucho más que arterias que conectan dos destinos. Hay caminos con un trazado emocional que los hacen más ricos, más entrañables, más nuestros. Tienen historias que contar, o que descubrir, incluso que imaginar. En ellos quedan las huellas de lo que fuimos, de lo que ahora somos, para bien o para mal. Nos conectan con nuestro pasado. Con cada trozo de camino que se pierde, desaparece un poco de cada uno de nosotros, herederos de quienes de una u otra forma los hollaron.

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