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Archive for the ‘POESÍA’ Category

TIC-TAC, TIC-TAC

RELOJES

 
Tic-tac, tic-tac…

¡Cállate ya!

Tic-tac, tic-tac…

¡¿Puedes parar?!

Tic-tac, tic-tac…

¡¿Nunca te vas a cansar?!

Tic-tac, tic-tac…

¡Un minuto ya!

Tic-tac, tic-tac…

Ir, venir, subir, bajar…

Tic-tac, tic-tac…

¡Una hora ya!

Tic-tac, tic-tac…

Dormir, despertar…

Tic-tac, tic-tac…

¡Un día ya!

Tic-tac, tic-tac…

Tarta, velas… ¡Soplar!

Tic-tac, tic-tac…

¡Un año ya!

Tic-tac, tic-tac…

¡¡¿Una vida ya?!!

Tic-tac.

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SE MARCHÓ EL ÚLTIMO TREN

El pasado lunes, 26 de octubre, en la velada literaria de El Triskel, la poeta Mariángeles Ibernón nos propuso un ejercicio sobre palabras que nacen de una imagen, en una cortísima gestación. A mí me tocó una con un motivo como este, aunque mucho más hermosa:

vias tren

No es la misma, pero las vías de un tren siempre tienen el mismo trazado aunque lleven a lugares distintos. Compuse este poema:

SE MARCHÓ EL ÚLTIMO TREN 

Se marchó el último tren

y yo sigo en la estación.

Todos los he perdido

esperando uno mejor.

Solo me quedan las vías

para que ruede el vacío,

ese hierro que es ausencia,

triste y oscura guía

por donde se me fue la vida

que pude haber perseguido.

Se marchó el último tren

por ser duda, y no atrevido.

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Muerto niño, muerto mío,

muerto nuestro.

Ellos, los criminales.

Lágrimas de espuma besan tiernamente

tu carita yerta.

Olas consternadas buscan el aliento huido

en tu cuerpecito inerte.

La brisa cierra tus ojitos, por el miedo abiertos,

para el sueño eterno.

El viento te amortaja, de lamentos dolorido,

en tu lecho de arena.

Velan tu tierna soledad las caracolas muertas,

las esponjas muertas,

las algas muertas,

la esperanza muerta.

Las sirenas ya no cantan en sus pedestales de roca,

anegados los ojos de abandonadas calaveras.

Los besos hermosos que espantaban tu miedo

se hundieron con la angustia del grito inútil,

que silencia el agua cuando inunda la garganta

mientras baja la tapa siempre abierta el ataúd azul.

Nadie escribirá tu nombre

sobre el sudario de arena

para que el mar lo bese,

niño que fuiste un día,

niño que ya no eres.

Estrella el mar en las rocas

susurros de muchos muertos.

Estrella llantos de niños,

llantos de niños muertos,

que empuja a la orilla el viento.

Reptan las calaveras

de huesos aún pequeños,

con cuencas llenas de miedo,

arrastrando tiernos huesos,

su destierro, tierra adentro.

Y huelen, huelen a miedo

de tanto niño sin nombre,

la cara sobre la arena,

con arena entre los dientes.

Y el mar que oficia el entierro

de un mundo que yace muerto

en ese cuerpo tan tierno

con un futuro de huesos.

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Es un barranco esta vez.

El aire, un eco de primavera,

el cielo, una acuarela azul.

Me adentro en la espesura,

cosida de verde y de marrón.

Y vuelve a suceder.

Es un barranco esta vez.

Se queda el tiempo enganchado

en las ramas de un taray.

Y vuelve a suceder.

Me absorbe el agua que corre

risueña bajo mis pies;

me disuelvo en el riachuelo

y un susurro transparente

me rebela con urgencia

las esencias de su ser.

Con sus sales precipito

hecho roca sobre el lecho.

Me levanto siendo piedra

y me yergo desde el suelo

en estrato convertido,

en paredes y oquedades.

Es un barranco esta vez.

En una grieta renazco

como raíz de semilla.

Oigo el grito de la luz

y ya soy hojas y tallo

recitando un verso azul

de la estrofa de la vida.

Con un vestido de plumas,

después de haber sido nido,

alzo el vuelo, surco el cielo.

Huele a silencio la brisa,

que araña con un graznido

el águila que ahora habito.

El tiempo se desengancha

de las ramas de un taray.

Un barranco era esta vez.

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pluma 

Reclusa en una botella,

que ya es esclava del mar,

no dibujará mi pluma

otros ojos, otros labios,

otras risas, otros besos,

ahora que ya no estás.

Era mi sangre su tinta,

alimento del plumín

que no volverá a esculpir

tu nombre sobre mi piel,

pasión en las madrugadas

que murieron en abril.

No escribirá los versos

que recitarte al oído

ni los ardientes gemidos

que le arrancaba al amor,

lujuria de cada instante,

con la luna y con el sol.

Ya es un náufrago mi pluma,

en el mar, a la deriva.

También soy náufrago yo

navegando sin tu guía.

¿Qué rumbo podría fijar

si fuiste tú mi timón?

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LA ÚLTIMA DESPEDIDA

Los últimos besos se ahogaron

en un temporal de lágrimas,

escurriéndose silenciosos

entre nuestros pies descalzos.

Las últimas caricias esculpieron

muescas indelebles de añoranza

en el lienzo inacabado que tejieron

las tardes inflamadas de deseo.

El último abrazo se prolongó

todo lo que el tiempo se detuvo,

y se lo apropió el pasado

cuando el mundo volvió a girar.

Las últimas palabras no las recuerdo,

estaba lamiendo las lágrimas

dulces de tus ojos abisales,

bebiendo los besos apasionados

de tus labios de hechizo,

diluyéndome en el templo

de tu cuerpo insaciable,

filtrándome piel adentro

hasta la célula más diminuta,

en el abrazo silencioso,

ardiente, del adiós definitivo.

La última mirada se quedó

flotando en la tristeza vaporosa

del aire enrarecido, irrespirable,

cuando tu cuerpo desnudo,

despacio, se vistió de despedida.

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GENOCIDIO

gaza

Ruge rebosante de odio el cañón.

El llanto del niño rompe inconsolable

y sus lágrimas de sangre

tiñen de rojo su cuerpo yerto.

Revienta ahíta de venganza la bomba.

El dolor desgarra a la madre

y su grito acuna por última vez

el fruto de su vientre, muerto.

Explota grávido de ira el mortero.

Es el padre un alarido descifrable

que sostiene en sus brazos impotentes

al hijo que el odio deja con el vientre abierto.

Retumba el paso de las botas asesinas.

Los muertos, entre ruinas de venganza,

buscan los huesos que astilló la bala

y la sangre derramada que al mundo ha cubierto.

Tabletea el fusil su réquiem de terror.

Los vivos arrastran su abandono

y elevan con el humo de la guerra

un clamor de justicia, en el desierto.

Amontona el odio inocentes muertos,

madres, padres, hijos, son los muertos,

que reclaman con sus ojos, también muertos,

ayuda a un mundo de corazones muertos.

Visten de razón el crimen los asesinos.

No recuerdan los cómplices dónde ocultaron

su catecismo de los Derechos Humanos.

Y el Nobel de la Paz bendice el exterminio.

Un mundo de corazones de músculo y de nervio

llora estremecido el horror de la barbarie

y presta el grito enfurecido a los muertos y a los vivos.

La sangre salpica el silencio de los tibios.

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