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Archive for the ‘POESÍA’ Category

Despiertan, nos despiertan,

los almendros otra vez,

del invierno que se nombra;

fieles a la cita inmemorial

del relevo, ahora confuso,

de confusas estaciones;

adelantados del renuevo

de la vida refugiada, aletargada,

que espera en su quietud, silenciosa,

la orden de la luz

para emerger de su espera.

Y entretanto, los almendros

van punteando los días

del color que ha de venir.

Me gusta el paisaje del almendro

en su blanco amanecer,

en su verde vestimenta,

en su desnudo otoñal.

Guardo intacto en el recuerdo

sus tiempos de esplendor,

dueño incontestable

de una extensa geografía;

geografía de mi niñez.

Un paisaje que se pierde,

del que apenas quedan restos,

islas desvaídas, territorio en regresión.

Queda el eco en la memoria,

del vareo, de la cofa, del telón,

de los piojos, de la charla, del vale,

del almuerzo, del botijo y del calor.

Del jornal,

que será estudios, que será pan.

Desde el hueco perforado por el tiempo

en sus troncos rugosos y apenados

vislumbro el ocaso de su gloria,

y aun así me alegran las galas con que visten

de blancura el renuevo de la vida.

Me enamora el paisaje del almendro

en su blanco amanecer;

me subyuga la pasión

de su verde vestimenta;

me sosiega la templanza

de su desnudo otoñal.

Me enamora el paisaje que dibujan,

los almendros.

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TIC-TAC, TIC-TAC

RELOJES

 
Tic-tac, tic-tac…

¡Cállate ya!

Tic-tac, tic-tac…

¡¿Puedes parar?!

Tic-tac, tic-tac…

¡¿Nunca te vas a cansar?!

Tic-tac, tic-tac…

¡Un minuto ya!

Tic-tac, tic-tac…

Ir, venir, subir, bajar…

Tic-tac, tic-tac…

¡Una hora ya!

Tic-tac, tic-tac…

Dormir, despertar…

Tic-tac, tic-tac…

¡Un día ya!

Tic-tac, tic-tac…

Tarta, velas… ¡Soplar!

Tic-tac, tic-tac…

¡Un año ya!

Tic-tac, tic-tac…

¡¡¿Una vida ya?!!

Tic-tac.

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SE MARCHÓ EL ÚLTIMO TREN

El pasado lunes, 26 de octubre, en la velada literaria de El Triskel, la poeta Mariángeles Ibernón nos propuso un ejercicio sobre palabras que nacen de una imagen, en una cortísima gestación. A mí me tocó una con un motivo como este, aunque mucho más hermosa:

vias tren

No es la misma, pero las vías de un tren siempre tienen el mismo trazado aunque lleven a lugares distintos. Compuse este poema:

SE MARCHÓ EL ÚLTIMO TREN 

Se marchó el último tren

y yo sigo en la estación.

Todos los he perdido

esperando uno mejor.

Solo me quedan las vías

para que ruede el vacío,

ese hierro que es ausencia,

triste y oscura guía

por donde se me fue la vida

que pude haber perseguido.

Se marchó el último tren

por ser duda, y no atrevido.

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Muerto niño, muerto mío,

muerto nuestro.

Ellos, los criminales.

Lágrimas de espuma besan tiernamente

tu carita yerta.

Olas consternadas buscan el aliento huido

en tu cuerpecito inerte.

La brisa cierra tus ojitos, por el miedo abiertos,

para el sueño eterno.

El viento te amortaja, de lamentos dolorido,

en tu lecho de arena.

Velan tu tierna soledad las caracolas muertas,

las esponjas muertas,

las algas muertas,

la esperanza muerta.

Las sirenas ya no cantan en sus pedestales de roca,

anegados los ojos de abandonadas calaveras.

Los besos hermosos que espantaban tu miedo

se hundieron con la angustia del grito inútil,

que silencia el agua cuando inunda la garganta

mientras baja la tapa siempre abierta el ataúd azul.

Nadie escribirá tu nombre

sobre el sudario de arena

para que el mar lo bese,

niño que fuiste un día,

niño que ya no eres.

Estrella el mar en las rocas

susurros de muchos muertos.

Estrella llantos de niños,

llantos de niños muertos,

que empuja a la orilla el viento.

Reptan las calaveras

de huesos aún pequeños,

con cuencas llenas de miedo,

arrastrando tiernos huesos,

su destierro, tierra adentro.

Y huelen, huelen a miedo

de tanto niño sin nombre,

la cara sobre la arena,

con arena entre los dientes.

Y el mar que oficia el entierro

de un mundo que yace muerto

en ese cuerpo tan tierno

con un futuro de huesos.

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Es un barranco esta vez.

El aire, un eco de primavera,

el cielo, una acuarela azul.

Me adentro en la espesura,

cosida de verde y de marrón.

Y vuelve a suceder.

Es un barranco esta vez.

Se queda el tiempo enganchado

en las ramas de un taray.

Y vuelve a suceder.

Me absorbe el agua que corre

risueña bajo mis pies;

me disuelvo en el riachuelo

y un susurro transparente

me rebela con urgencia

las esencias de su ser.

Con sus sales precipito

hecho roca sobre el lecho.

Me levanto siendo piedra

y me yergo desde el suelo

en estrato convertido,

en paredes y oquedades.

Es un barranco esta vez.

En una grieta renazco

como raíz de semilla.

Oigo el grito de la luz

y ya soy hojas y tallo

recitando un verso azul

de la estrofa de la vida.

Con un vestido de plumas,

después de haber sido nido,

alzo el vuelo, surco el cielo.

Huele a silencio la brisa,

que araña con un graznido

el águila que ahora habito.

El tiempo se desengancha

de las ramas de un taray.

Un barranco era esta vez.

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pluma 

Reclusa en una botella,

que ya es esclava del mar,

no dibujará mi pluma

otros ojos, otros labios,

otras risas, otros besos,

ahora que ya no estás.

Era mi sangre su tinta,

alimento del plumín

que no volverá a esculpir

tu nombre sobre mi piel,

pasión en las madrugadas

que murieron en abril.

No escribirá los versos

que recitarte al oído

ni los ardientes gemidos

que le arrancaba al amor,

lujuria de cada instante,

con la luna y con el sol.

Ya es un náufrago mi pluma,

en el mar, a la deriva.

También soy náufrago yo

navegando sin tu guía.

¿Qué rumbo podría fijar

si fuiste tú mi timón?

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LA ÚLTIMA DESPEDIDA

Los últimos besos se ahogaron

en un temporal de lágrimas,

escurriéndose silenciosos

entre nuestros pies descalzos.

Las últimas caricias esculpieron

muescas indelebles de añoranza

en el lienzo inacabado que tejieron

las tardes inflamadas de deseo.

El último abrazo se prolongó

todo lo que el tiempo se detuvo,

y se lo apropió el pasado

cuando el mundo volvió a girar.

Las últimas palabras no las recuerdo,

estaba lamiendo las lágrimas

dulces de tus ojos abisales,

bebiendo los besos apasionados

de tus labios de hechizo,

diluyéndome en el templo

de tu cuerpo insaciable,

filtrándome piel adentro

hasta la célula más diminuta,

en el abrazo silencioso,

ardiente, del adiós definitivo.

La última mirada se quedó

flotando en la tristeza vaporosa

del aire enrarecido, irrespirable,

cuando tu cuerpo desnudo,

despacio, se vistió de despedida.

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