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Hilarión Pedauyé, Licenciado en Ciencias Ambientales y técnico de la Confederación Hidrográfica del Segura, como uno de los coordinadores del libro; Juan Antonio Pujol, Doctor en Biología y biólogo municipal del ayuntamiento de Torrevieja, Miguel Alarcón, naturalista, y Tomás Vte. Martinez, profesor de Ciencias de la Naturaleza y naturalista, presentaron el libro HISTORIA NATURAL DE SIERRA ESCALONA Y DEHESA DE CAMPOAMOR ante un aforo completo en la Biblioteca Pública Municipal de San Miguel de Salinas. Geología, flora, fauna, historia, etnobotánica, custodia del territorio son los capítulos que componen esta obra colectiva de divulgación científica, un importante hito en la lucha por la protección de la sierra y su entorno y la declaración de la misma como PARQUE NATURAL DE LA COMUNIDAD VALENCIANA.

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historia natural escalonaSiempre he sido del secano, quizás por nacimiento. Mis primeros años trascurrieron en el campo, subiéndome a almendros y algarrobos, colgándome de sus ramas, balanceándome y dejándome ir al suelo en un salto de vaivén. Mi horizonte siempre fue el poniente, donde cierra el monte la línea en que se unen tierra y cielo. El verde perpetuo de limoneros y naranjos, en el llano entre el pueblo y las Salinas, me resultaba ajeno, indescifrable en su fisonomía, hostil en su uniformidad, casi intruso en el paisaje. Demasiado artificial. Excesivamente humanizado.

Cuando crecí y estuve en esa edad, antes temprana, de trabajar durante las vacaciones escolares de verano, siempre lo hice entre almendros y algarrobos. En contadas ocasiones anduve entre tomateras o melones franceses, solo unos días, incómodo, y no tanto por el trabajo en sí sino por el entorno en que se desarrollaba, por el paisaje que me rodeaba. Yo era del secano, no del trigal o del pesolar sino de esos amplios espacios arbolados, diáfanos en su conjunción, escalonados salvando la pendiente de cañadas extensas o estrechas laderas, ocupados por recios algarrobos, poderosos almendros y viejas oliveras, algunas centenarias, recluidas en manchas residuales, testigos de pasadas épocas de esplendor.

La temporada veraniega de «coger almendra y garrofa», desde mediado julio hasta avanzado septiembre, de ahí y de una beca salieron los estudios universitarios, me llevó a recorrer vareando ramas, tirando del telón, llenando la cofa, cargando el saco el secano de noroeste a sureste, siempre de fondo el monte. Un monte que anduve acompañado por mi padre. De su boca oí historias de los años del oficio de leñatero, de usos de plantas, de serranos trashumantes, de sendas, cuevas y barrancos. De su boca me llegaron por primera vez los nombres de La Peña del Águila, Lo Pastor, Lo Sastre, El Espartal, Lo Torena, Rebate, El Rincón, Lo Balaguer, El Cabezo Mortero, y tantos otros de ese universo conocido ahora como la sierra.

Aprendí a querer el monte mucho antes de que la ciencia hablara de su valor. Un querer nacido del sentimiento, no del conocimiento, de la percepción de un paisaje que me resultaba salvaje por más que aquí y allá se manifestara la humanización de siglos. Me hacía sentir bien transitar sus caminos, sus sendas, respirar un aire distinto, escuchar sus propios sonidos imponiéndose sobre esos otros que llegaban amortiguados desde más allá del «borde del mundo». La intuición, el sentimiento, me decían que el monte era un espacio muy valioso que debía ser conservado. Pasarían años hasta que esa intuición se viera confirmada y sobrepasada por los estudios científicos que distintos especialistas han llevado a cabo desde mediados de los años ochenta del siglo pasado.

Me resulta difícil describir la alegría que me ha producido ver recogido en un libro todo el conocimiento que se tiene actualmente sobre el monte, el bosque, la sierra, Escalona, da igual como lo llamemos. Geología, Flora, Fauna, Historia, Etnobotánica, Conservación conforman Historia Natural de Sierra Escalona y Dehesa de Campoamor. Un libro que reúne ciencia y sentimiento, monte y cultivos de secano, pasado, presente y futuro. Cobra sentido, desde la lógica científica, la asociación intuitiva, emocional, íntima entre los secanos de mi infancia y su horizonte salvaje. Prologar el libro ha sido para mí el elemento simbólico de fusión entre experiencia emocional y conocimiento científico. El libro es una joya. Como Sierra Escalona.

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Hoy, jueves 4 de julio, el diario Información, me ha publicado este artículo en una nueva sección dedicada a la Sierra de Escalona: LA MIRADA DEL BÚHO.

 

Sierra de Escalona y Dehesa de Campoamor “es una joya”. El calificativo, acuñado hace ya una década por José Antonio Sánchez Zapata, profesor del área de ecología de la universidad Miguel Hernández de Elche, resume con claridad y contundencia el gran valor del último espacio natural al sur de la Comunidad Valenciana. Una joya cuya valía ecológica ha emergido en los últimos treinta años empujada por la conciencia conservacionista y la investigación científica, pero que ha estado latente en la percepción y el uso de aquellas personas que generación tras generación han encontrado en “el monte” una fuente de recursos económicos, alimenticios, medicinales o de ocio, e incluso en algún gobernante que dictó normas para su conservación. Y como pieza valiosa se ha visto sometida a lo largo de la historia a las vicisitudes de intereses contrapuestos, de distinta naturaleza según la época, que han ido modelando la extensión y fisonomía del territorio que actualmente conforma el que ya debería ser el vigésimo tercer Parque Natural de la Comunidad Valenciana.

Hasta mediados del siglo XX, madera, carbón, leña, esparto, caza, pastos han proporcionado recursos económicos a los vecinos de estas tierras, pero, a su vez, su uso abusivo o ilegal ha sido la causa de una pérdida constante de masa forestal y una fuente inagotable de problemas. El abandono paulatino de estas prácticas ancestrales en la segunda mitad de la pasada centuria pareció dar una tregua al deterioro del monte, pero el canal del Transvase Tajo-Segura abrió nuevas oportunidades de negocio y amenazas al espacio natural. La roturación de terrenos forestales para su trasformación en regadíos alcanzó límites dramáticos: extensas zonas de matorral y pinar, en manos de grandes propietarios, fueron convertidas en huertos de cítricos que han elevado hasta lo imposible la demanda de agua.

La llegada del agua prometida y la transformación en regadío de terrenos considerados improductivos fue valorada como un signo de progreso por la inmensa mayoría de la población. No fue hasta mediados de los ochenta cuando la roturación de la finca de “Las Majadas”, en el límite sur entre San Miguel de Salinas y Orihuela, mereció la denuncia del primer grupo ecologista de la comarca, el GOEN (Grupo Oriolano para el Estudio de la Naturaleza) así como de la Asociación de Vecinos “San Miguel Arcángel” de San Miguel de Salinas. Fueron las primeras protestas ciudadanas contra la devastación que amenazaba con ser irreversible. En 1989, miembros de la Asociación Naturalista del Sureste (ANSE) presentaron al ayuntamiento de San Miguel el primer estudio directo sobre la sierra, aportando sólidos argumentos científicos para su protección y que sería el soporte del movimiento ecologista y vecinal en su lucha contra los descabellados planes urbanísticos que en los últimos treinta años han puesto al borde de la desaparición la joya de Escalona.

En estos años, la ciudadanía ha ido asumiendo, gracias al trabajo de ecologistas, vecinos y políticos comprometidos con la defensa ambiental que más allá de ciertos usos tradicionales, de la percepción sentimental de un paisaje, el monte encierra una valiosa complejidad de vida que es preciso proteger. A ello ha contribuido especialmente la irrupción en el panorama conservacionista de Amigos de Sierra Escalona, sucesora de la Plataforma que desde 2001 tomó a su cargo la denuncia ante las autoridades de cuantas agresiones se perpetraban, de difundir entre los ciudadanos sus valores naturales, de impulsar la investigación científica y de reclamar ante el gobierno valenciano la declaración de Parque Natural de la Comunidad Valenciana para Sierra Escalona y Dehesa de Campoamor. Y aunque vienen haciendo oídos sordos, la lucha continua.

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En aquellos años de gloria y desenfreno en que se redactaba alegremente el Plan General de Ordenación Urbana que nos iba a hacer ricos a diestros y siniestros (aunque solo hizo a algunos diestros siniestros), trazar y borrar rayas sobre un plano era tan habitual como lo es en un parvulario. En cierta ocasión, una de esas rayas cayó de mi lado, sobre una minúscula franja de tierra en el borde de la Sierra de Escalona. Lo único que tuve que pensar fue cómo redactar la alegación para decirle a técnicos y políticos que me dejaran en paz, que dejaran la Sierra en paz.

Sé que alguno de aquellos personajes se preguntó en voz alta cómo era posible que renunciara al buen dinero que la “revalorización” económica de esos pocos metros pondría en mis manos en cuanto algún ávido promotor colocara (más…)

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A eso de las once de la mañana, domingo 29 de un enero irreconocible, el frío se deja sentir en las orejas huérfanas de la cobertura del pelo o del gorro. Tirito al pensar en la rasca que han soportado a la salida del sol los tres aguerridos naturalistas que han madrugado para tender las redes de niebla —japonesas las llaman también— con las que atrapar a las incautas aves que vuelan entre un espeso carrizal a orillas de las aguas del pantano de La Pedrera. Hay jornada pública de anillamiento científico.

Somos más de ochenta personas, de todas las edades, las que nos encontramos con Pablo a pocos metros del agua, obligada a dibujar olas por un vientecillo helado y persistente. Pablo, que hace las veces de guía, es estudiante de Ciencias Ambientales, y buen conocedor de la avifauna invernante de esta importante zona húmeda artificial que da de beber (más…)

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Marcha de ASE por la vereda de Hurchillo. Sierra Escalona

Marcha de ASE por la vereda de la Fuente de Don Juan. Sierra Escalona

Nací mirando a la sierra. Crecí nombrándola como “el monte” o “Los Alcores”. Aprendí topónimos que hablaban de flora y fauna: El Espartal, El Barranco del Lobo o La Peña del Águila. Fui conociendo, por boca de mi padre, sencillas y emotivas historias, tristes a veces, de cazadores furtivos a fuerza de hambre, de lazos y hurones, de senderos y ramblas, de olivares donde cargar a hurtadillas un saco de olivas que llevarse a la boca, de barrancos y fatigas, de leñateros a destajo, de pinocha para quemar hornos de yeso, de serranos trashumantes, de plantas medicinales para curar la escasez.

Empecé a querer a la sierra sin saber nada de sus valores naturales; fui impregnándome de un paisaje que destilaba el aliento invisible de sus seres para apoderarse de mi voluntad. Un paisaje que tenía algo muy especial: era el de aquí, el mío, el nuestro. Esa querencia fue también la que me hizo sentir una quemazón aguda el día que enormes tractores, bajo las (más…)

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