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CAMINOS

El olor intenso, pesado y acre del estiércol espesa el aire a mi alrededor, se agarra a las fosas nasales y empuja recuerdos de tiempos mozos de ganado y de corral. El balido grueso, ronco y monótono de algunas ovejas y el más agudo, estridente y enérgico de unos corderillos ambientan la marcha por un camino plagado de huellas invisibles en lo racional, indelebles en lo emocional, de pezuñas, balidos, voces y ladridos.

El labrador detiene el par de mulas y afloja el arado sobre la tierra para contemplar el paso uniforme y pausado, otro año más, del rebaño. Un millar de vellones que lo serán en unos meses, en gregaria y apretada marcha de regreso a su origen. Temeroso de la suerte que pueda correr el sembrado de trigo a orillas del camino, confiando en la inteligencia de los perros, en el saber de los pastores.

Salen de la casa junto a la vereda viejos y jóvenes, mujeres y chiquillos para decir adiós a quienes hace unos meses dijeron hola, a la espera de verlos regresar en la siguiente estación, cuando el frío encienda chimeneas y la pelliza abandone el armario. De nuevo la bienvenida a hombres obligados a abandonar su tierra, su casa, el calor de su lumbre, de su cama, de su hembra. Porque la serranía no entiende de amores, ni de hambres.

Miles de pezuñas arrancan el hálito blanquecino del suelo que pisan, encalando el aire con la huella difusa y evanescente de su paso. Se mezcla el polvo levantado con los silbidos del pastor ordenando al perro el cuido de los almendros nuevos, de la avena tierna, de la cebada que verdea invadiendo el ancho trashumante.

Detiene el leñatero el quehacer de su hacha, el corte de su azada para recrearse unos instantes, mientras limpia el sudor de su frente y alivia el dolor de riñones, en esos otros que como él han hecho del campo su forma de vida, porque de todo tiene que haber en este valle, para unos de lágrimas, para otros de sonrisas.

Se hace a un lado el carretero para franquear el avance de la manada. Ahora ese camino es territorio de los animales. Saluda escueto a los pastores. No los envidia, o quizá sí. Casi un mes caminado les queda para regresar a casa, donde la primavera bosteza.

Cae la tarde, la noche acecha en mitad de la sierra. Una lumbre improvisada, la que cada noche habrá que improvisar, cuece la cena de olla grande o sartén de todos y después crepita entremezclándose con el ulular del búho, el aullido del lobo, el balido de alguna oveja, las palabras que resumen el día y las que introducen otro nuevo. Una lumbre que se harta y desiste entre ronquidos cansados y madrugada que se esfuma.

Caminos que son mucho más que marcas en el suelo, mucho más que arterias que conectan dos destinos. Hay caminos con un trazado emocional que los hacen más ricos, más entrañables, más nuestros. Tienen historias que contar, o que descubrir, incluso que imaginar. En ellos quedan las huellas de lo que fuimos, de lo que ahora somos, para bien o para mal. Nos conectan con nuestro pasado. Con cada trozo de camino que se pierde, desaparece un poco de cada uno de nosotros, herederos de quienes de una u otra forma los hollaron.

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