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Posts Tagged ‘La Rosaleda’

Tomo asiento en el lugar exacto en el que lo hizo Dolores unos meses atrás: justo en el centro de la parábola que forma el muro que delimita la Fuente Preñada por su frente. Ella la llama Fuente de la Juventud, eso del preñado ni siquiera hoy le suena bien, y en aquellos días mucho menos. Aunque lo cierto es que cuando ella estuvo en el parque de La Rosaleda nada le parecía bien, su vida interior era una tormenta continua en un mar embravecido, tenebroso incluso. Tenía treinta años y comenzaba a buscarse a sí misma, aunque todavía no era consciente de ello.

Aquel atardecer de mayo, Dolores buscaba refugio y consuelo, aclarar ideas, quizá respuestas entre el espectáculo cromático de las más de seiscientas cincuenta variedades de rosales que se reparten en los veinte mil ejemplares que ocupan los treinta y dos mil metros cuadrados de parque. Estos datos los aporto yo desde mi privilegiada situación, sereno, sabiendo quién soy, qué quiero y qué hago aquí. En cambio, a ella ni siquiera se le pasó la más mínima cifra por la cabeza, salvo su edad, cuando ya debería ir alcanzando una cierta claridad, estabilidad incluso, al menos en cuanto a sus aspiraciones profesionales y personales.

Desde mi posición, la misma que ella ocupó, en el centro geométrico de La Rosaleda, custodiado por la ninfa que emerge de la fuente, trato de aproximarme a las sensaciones que Dolores experimentó aquella tarde de mayo. Aunque ahora es marzo, la anómala temperatura de este inicio de primavera bien puede pasar por una tarde como aquella, salvo porque los rosales todavía no han florecido. Sé de la imposibilidad de sentir lo mismo que otra persona, más cuando a mí no me agobia mi origen, yo sé quién es mi familia, al menos hasta mis abuelos: los he conocido en persona o en fotografías y mis padres me han hablado de ellos. Dolores, en cambio, desconocía todo eso aquella tarde de mayo en la que tomó asiento en esta fuente. Sí, yo no puedo sentir lo que ella sintió, sin embargo, sé cuáles fueron esos sentimientos.

Si tomó asiento en esta Fuente de la Juventud fue buscando el estruendo rítmico y sostenido del agua regurgitada por los treinta y ocho caños de la fuente, capaz de eclipsar el de los coches que circulan justo enfrente, al otro lado de la verja que delimita La Rosaleda por poniente, pero que resultó insuficiente para acallar el ruido que le trastornaba la cabeza, el corazón, incluso el alma. Sé que en aquellos momentos le habría gustado ser esa Venus de mármol que emerge de las aguas en el centro de la fuente y sentir la caricia de las ramas de cedro que se mecen con cuidado sobre la superficie. Le habría gustado vivir con la despreocupación de la urraca que veo caminar entre los rosales picoteando su alimento aquí y allá; habría querido ser el mirlo que reposa pendiente de todo, ajeno a todo, en una de las ramas del cedro que abraza la fuente.

A Dolores le resultó inusualmente dura, por contraste consigo misma, la tranquilidad de ese oasis de geometría en el Parque del Oeste de Madrid, el color armonioso de la tarde, con el sol tintando de naranja las copas de los pinos y dorando los casi imperceptibles vaivenes de la superficie del agua de la fuente. Ni siquiera refrescándose la cara con ella pudo atemperar su sufrimiento. Aunque allí, entre la calma y el color de La Rosaleda, tocó fondo su desasosiego y, por más que saliera corriendo en busca de una tienda donde comprar una botella de tequila con el que emborracharse, se abrió para ella una rendija por la que explorar caminos hacia su propia superficie.

Aunque ella todavía no lo sabía, yo sí.

Yo lo sé todo sobre Dolores, porque la he creado.

Y, en verdad, siento atribuirle tanto sufrimiento, pero es el precio que debe pagar por ser quien es.

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