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Firma de ejemplares de “Segura” en el Malecón del Soto (Rojales)

Que una lectora de Segura te haga saber que lo único que ha hecho durante el fin de semana es comer, dormir, ir al baño y leer la novela, solo indica una cosa: que atrapa desde la primera página. La lectura de un buen libro de ficción despierta emociones, diversas, como diversos son los lectores, y permanecer enganchado a cada una de las páginas depende de lo estimulante que resulte la historia, y el principal estímulo son las emociones que provoca.

Lo curioso es que esas emociones comiencen a aflorar cuando el manuscrito todavía no es más que una posibilidad. Y eso ha ocurrido con «Segura». Cuando solo era una idea y me entrevistaba con algunos de los protagonistas de aquellos años convulsos en los que las aguas del río bajaban muertas de contaminación y sembraban muerte con su riego, las emociones afloraban ante la posibilidad de que una ficción hablara de aquella parte de su vida, vivida desde la intensidad de una lucha colectiva en defensa de la descontaminación del Segura. (más…)

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El público siguió con mucho interés la presentación de la novela.

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ZAPATOS ROJOS

Como de costumbre, en lo primero que me fijo es en los zapatos. A la luz de la farola son de un rojo brillante, de tacón alto, casi de aguja. Terminan en ellos unas piernas torneadas, largas, ligeramente bronceadas. Las sigo hasta que se pierden bajo un corto vestido, también rojo, que apenas alcanza a tapar el nacimiento de los muslos. Sigo la tela que, como una segunda piel, delinea las caderas, se encoge para abrazar la cintura y asciende para acabar de pronto sobre unos pechos que escasamente llega a cubrir, y que intuyo tersos, proporcionados, fruta tierna. La joven, un tanto desmadejada sobre el banco del paseo marítimo, quizá duerme la fiesta nocturna. La larga melena rubia le cae desordenada ocultándole la cara. Me acerco hacia ella embaucado por tan hermosa arquitectura. Y entonces oigo sus sollozos. Reparo en los pañuelos de papel que hay en el suelo, arrugados, húmedos, con manchas grisáceas y negras. Con el dorso de la mano, gesto mecánico, se limpia las lágrimas. Tomo asiento a su lado y le ofrezco mi pañuelo de tela. Ella aparta un poco el cabello y me mira. Quizá no haya cumplido los veinte. Su cara es fina, muy hermosa a pesar de los surcos trazados por el rímel que ha abandonado unas pestañas largas, muy curvas, que enmarcan unos ojos azules, ahora enrojecidos por el llanto. Toma el pañuelo con gesto tímido, sin decir palabra, y mientras se enjuga las lágrimas con delicadeza, arrecia el llanto. El alba apunta ya sobre el horizonte que delimita un mar en absoluta calma.

—Te ha abandonado —le digo.

La chica llora desconsolada. Pierdo la vista en el mar, que espera paciente los primeros rayos del sol, y recuerdo mis propias lágrimas en este mismo banco. Lágrimas que reemplazaron a las risas y a los besos cuando allí, sentados, abrazados, mi gran amor de juventud y yo imaginábamos que disfrutábamos de un crucero desde la última cubierta, oculta la arena de la paya por el muro del paseo.

—No —dice entre gimoteos al tiempo que niega una y otra vez con la cabeza. Su pelo se agita hermoso. Vuelve al silencio y se refugia en mi pañuelo. El primer rayo de sol cruza el mar—. No me he atrevido a seguirle.

Esas palabras me golpean muy adentro, y el llanto amargo en que vuelve a sumirse la muchacha me hace sentir ese sabor en la boca.

—¿Él o ella?

—Él —contesta entre gimoteos, sin asomo de sorpresa.

—¿Lo amas?

—Con todas mis fuerzas.

No se ha tomado tiempo para responder, y ha interrumpido el llanto para hablar con determinación.

—No le des la espalda al amor —digo embargado por la congoja—. Hace años, yo no fui tras ella y lo he pagado con la infelicidad.

La chica se aparta el pelo de la cara y me observa con un cierto interés. Es guapísima.

—Tengo miedo —dice—. Tengo miedo a dejarlo todo atrás. —Señala con la barbilla hacia el mar.

Conozco esa sensación. Ya han pasado muchos años, treinta y siete, y todavía la recuerdo con la misma angustia que aquella lejana tarde en que fui cobarde.

—Yo también tuve miedo, como tú. Fue allí, al pie de la vieja torre, donde la perdí —dije señalando aquel lugar que tantas veces he maldecido y al que siempre regreso—. Era francesa, muy hermosa, la criatura más maravillosa del mundo. Vino de veraneo, la conocí en la playa y nos enamoramos al instante.

La congoja me puede. Pierdo la vista en el mar y las lágrimas me nublan el hermoso amanecer. A mi lado, la joven se suena la nariz.

—No era un amor de verano —prosigo—, era profundo, apasionado, irracional, como es el amor de verdad. El último día de sus vacaciones me pidió que me fuera con ella. Me tomó la cara entre las manos, me besó con una ternura que nunca más he sentido y me dijo que yo era el amor de su vida, pero que no podía quedarse: sus padres no lo consentían.

—¿Era menor?

—Dieciséis años. Yo, veinte. Tuve miedo de abandonarlo todo, de no saber cómo enfrentarme a lo desconocido, lejos de mi tierra, de los míos. No la seguí y me lamento cada día, porque todavía la sigo queriendo. —La muchacha me pasa el pañuelo para enjugarme las lágrimas que ahora desbordan mis ojos—. Si de verdad lo amas no cometas el mismo error que yo.

La joven me sonríe por primera vez.

—Gracias —dice, y me da un beso en la mejilla. Si hubiese sido en la boca no lo habría rechazado.

Se levanta, me devuelve el pañuelo, se estira inútilmente el vestido, me da otra vez las gracias y se encamina hacia las escaleras que tenemos enfrente y que llevan a la playa. Por un instante cruza frente al sol naciente. Un tenue halo de luz envuelve su figura y me parece imposible tanta perfección. ¿Por qué no tendré treinta años menos? Con su cuerpo en la retina y su sonrisa en los labios, cierro los ojos y dejo que el sol tibio del amanecer me acaricie, como si esas caricias fuesen las de la muchacha, como si fueran las de aquella chiquilla que no tuve el valor de amar con todas las consecuencias.

También yo abandono el banco. Es entonces cuando descubro un pequeño bolso rojo en el suelo. Deber ser de ella. Lo recojo y llego al muro. Peino la playa con la vista de norte a sur, pero no la distingo. ¿Dónde se ha metido? Estas escaleras son el único punto de acceso a la playa. Bajo los escalones con rapidez y me planto en mitad de la arena. El corazón me late cada vez más deprisa y la respiración se acelera; un incómodo hormigueo se adueña de mi estómago. El sol, que ya brilla sobre el mar, arranca un reflejo rojizo donde mueren las olas. Corro hasta la orilla. Y un grito angustiado se ahoga en llanto antes de abandonar mi garganta. ¡¿Qué he hecho?!

Junto a los zapatos rojos, las olas lloran sobre unos zapatos de hombre.

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Quim Monzó escribió “Vida Matrimonial“, un relato que he versionado. En cursiva, texto de Monzó.

A fin de firmar unos documentos, Zgdt y Bst (casados desde hace ocho años) tienen que ir a una ciudad lejana. Llegan a media tarde. Como no podrán resolver el asunto hasta el día siguiente, buscan un hotel donde pasar la noche. Les dan una habitación con dos camas individuales, dos mesillas de noche, una mesa para escribir (hay sobres y papel de carta con el membrete del hotel, en una carpeta), una silla y minibar con un televisor encima. Cenan, pasean por la orilla del río y, cuando vuelven al hotel, cada uno se mete en su cama y coge un libro.

Pocos minutos más tarde oyen que en la habitación de al lado están follando. Los chirridos del somier y el golpeteo del cabezal de la cama contra la pared no dejan lugar a dudas, y los jadeos primero, y los gemidos después, atraviesan el tabique como si fuera de papel. Zgdt y Bst cruzan las miradas de forma instintiva y esbozan una sonrisa forzada; enseguida vuelven a sus lecturas. Zgdt se revuelve incómodo en el lecho, ha pasado la vista varias veces por el mismo párrafo sin leer ni una sola letra. Entre las piernas, su miembro está creciendo. Mira de reojo a Bst y cree verla también inquieta. Tal vez si fuera a su cama…, piensa. Mejor no, se reprime, es muy probable que le diga que está cansada, que el viaje ha sido largo, y él no quiere otra decepción. Al otro lado de la pared, los gemidos aumentan de intensidad, más los de ella, alguno ya es un grito indisimulado. Malditos sean, se dice Zgdt para sus adentros, aunque inmediatamente lo asalta el recuerdo de cuando Bst y él hacían lo mismo. ¿Qué les ha pasado? ¿Cuándo la pasión fue desterrada por la rutina? Sin darse cuenta, la mano, suavemente, comienza a aliviar la presión que siente entre las piernas.

En la otra habitación, los gemidos de ella ya son gritos, y él le anuncia una y otra vez con todas las letras y toda la lujuria lo que le está haciendo. Zgdt mira a Bst, que se ha girado dándole la espalda, y ve como mueve ligeramente una pierna sobre otra. Zgst la tiene tan dura que le duele. La mujer que folla en la habitación contigua deja escapar un grito casi agónico, y el hombre la sigue en un coro de placer. Esa sinfonía impulsa a Zgdt a abandonar su cama para meterse en la de su mujer y tomarla al asalto, como hacían, unas veces él, otras veces ella, cada vez que tenían ocasión cuando eran novios y en los primeros años de casados. Ahora hay silencio en la habitación contigua. Antes de poner los pies en el suelo, Zgdt se detiene: ¿Por qué siempre ha de ser él quien vaya rogándole a Bst un polvo? No, ya está bien, que sea ella la que dé el paso, porque seguro que esta noche, la follada en directo la ha puesto caliente. Zgdt vuelve a taparse, y vuelve a aliviar su miembro. Un instante después, la mujer de la habitación de al lado vuelve a gemir, ahora solo es ella. ¡Por Dios, no es posible, se dice Zgdt, si acaba de correrse! Bst acaba de girarse, se destapa, sale de la cama y le dirige a Zgdt una sonrisa que este no sabe descifrar. Por un instante, Zdgt siente que la entrepierna le va a reventar. Al fin parece que Bst se ha decidido, ya era hora, piensa para sí. Bst, en cambio, se dirige al baño, entra y cierra la puerta. Los gemidos de la mujer van en aumento. Se la está comiendo, concluye Zgdt, que ya no aguanta más, y lo que hasta ahora había sido un meneo de contención se desboca en una masturbación desesperada. En la otra habitación, la mujer estalla en un quejido largo y ronco de éxtasis. Al mismo tiempo, Zgdt cierra los ojos y se derrama con un gemido ahogado. En ese momento se abre la puerta del baño, Zgdt abre los ojos y ve a Bst desnuda, con el pelo suelto, lasciva, muy hermosa, que se dirige hacia él. De pronto Bst se detiene en seco, su expresión se agria, acaba de darse cuenta de la situación, se encamina a su cama y se acuesta dándole la espalda a su marido. Zgdt maldice todo lo habido y por haber. Comienza a escuchar los gemidos apagados de Bst, aunque no alcanza a diferenciar los del llanto de los del placer. En la habitación de al lado es el hombre el que ahora jadea su goce.

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