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Posts Tagged ‘naturaleza’

Este fin de semana pasado he practicado hammocking, o dicho en castellano, me he tumbado en una hamaca colgante entre dos pinos. Dicho así no representa nada extraordinario, pero lo es. Es esta una técnica desarrollada por el científico Rich Blundell, dentro de su proyecto de investigación sobre Cosmosis -desarrollado con una beca de TIDES (Tides Foundation of New York)-, para fundir el conocimiento científico y la tecnología con la creatividad humana desde las experiencias sensoriales y emocionales con la naturaleza en la búsqueda de una mayor integración de las personas con el universo. No, no tiene nada de esotérico, religioso, místico, etc. Allí, tumbado, flotando en un espacio inusual, entre el suelo y el dosel del pinar, he vuelto a recordar una vez más una frase de otro científico, el paleontólogo Stephen Jay Gould, que también apelaba a las emociones como fuerza necesaria para proteger y conservar el medio natural: «Soy consciente de que no podemos ganar la batalla para salvar a las especies y el ambiente sin forjar un vínculo emocional entre nosotros y la naturaleza, puesto que no luchamos por la salvación de algo que no amamos sino que solo apreciamos en cierto sentido abstracto». (más…)

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Hay un diminuto rincón natural que me resulta de lo más coqueto. Un reducido tramo de rambla cubierto de carrizo y de taray en apretada formación, flanqueado en el lado norte por un camino de firme compacto que sirve de transición a una loma donde crece el albardín, unos pocos pinos y algún algarrobo aislado. Caminar por esas decenas de metros es respirar humedad, aun en los días más secos, descubrir pajarillos entre la vegetación, conejos que corren a ocultarse y manchas de salitre que aflora en superficie, donde plantas capaces de soportarlo tapizan el suelo.

Todo muy bucólico.

Una tarde decido observar el hermoso rincón desde el lado sur, por el que nunca he caminado, donde linda con campos de cultivo de hortalizas. El encanto se rompe en los primeros metros: las ramas de un grupo de tres pinos han sido arrancadas del tronco, no cortadas, sino arrancadas como si un brazo se desmembrara del cuerpo de un tirón y jirones de carne quedasen colgando en el punto de unión. Sádica manera de eliminar las ramas que quizá invadían el camino. La naturaleza de las heridas revela el desdén con el que algunos humanos tratan a otros seres vivos.

Una decena de metros más adelante descubro lo que se oculta tras la hermosura de la vegetación de la rambla: un vertedero de plásticos contaminando la pequeña zona húmeda, arrancándole también a ella el encanto que aparenta. Otra muestra de la falta de respeto que algunos humanos muestran con otros seres, con el agua, con la propia tierra.

Pero quizá no todo esté perdido. Esa misma tarde, con el ánimo herido y maldiciendo la condición humana, continúo caminando entre huertos de cítricos ya de vuelta a casa. Al enfilar un camino descubro un pequeño gesto que me devuelve parte de la alegría perdida: una improvisada papelera a la vera del camino. Un bidón de plástico, debidamente recortado, sujeto a un hierro clavado en el suelo, contiene algunas latas. Unas decenas de metros más adelante encuentro otra, y después otra. Yo mismo recojo una botella de plástico que encuentro al lado de un limonero y la deposito en la ingeniosa papelera. Y felicito para mis adentros, porque no lo tengo frente a mí, a quien ha tenido la genial idea. Ojalá cunda el ejemplo, me digo.

Y me viene a la memoria lo que contemplé hace unos meses en una finca plantada de lechugas. Era un domingo por la mañana. Me llamó la atención un remolque cubierto con una lona en mitad de un bancal. Más lejos había otro. Pensaba en qué sentido tenía aquello cuando un hombre detuvo su coche frente a una puerta metálica que daba acceso a la finca. Me acerqué a preguntarle, y muy amablemente resolvió mis dudas, llevándome incluso hasta uno de aquellos almacenes móviles de envasado de lechugas. Se trataba de una plantación ecológica, vendida en origen, destinada al mercado alemán. Todo el proceso tenía lugar en el mismo bancal, hasta donde llegaban los camiones para cargar la mercancía y llevarlos directamente a su destino.

Pero lo que más me sedujo, más allá de que hubiese dos baños portátiles para los trabajadores, estratégicamente colocados, fue el no encontrar ni un solo residuo en todo el bancal. Ni un plástico, ni una botella, ni una lata, nada. Todo esos residuos, propios de almuerzo y comida, estaban recogidos en sendos sacos de basura depositados al comienzo del bancal, cerca del camino, ocultos junto a un margen a la espera del trasporte que había de recogerlos. Al parecer, los compradores alemanes querían que no solo el cultivo fuese ecológico, sino que el entorno se respetara al máximo. ¡Cuánto nos falta todavía!, pensé. Aunque quizá estemos en el camino. La duda: ¿llegaremos a tiempo?

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encina-milenaria

Oscurece rápido al resguardo de los montes que levantan el paisaje al poniente de la estación de Cabra del Santo Cristo, ya silenciada la vara y recogida la lona, camino de la almazara el tractor con la última cosecha del día, camino del descanso los aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién, quién levantó los olivos? Solo la luna creciente, que busca hueco entre nubes caprichosas, clarea tenuemente el olivar. Y es al amparo de esa noche que no puede ennegrecer, y es al amparo de viejos y nuevos olivos que se adivinan en la penumbra cuando nos echamos al camino, desafiando al frío, y como una anacrónica partida de bandoleros, dueños de campos y veredas, ponemos rumbo a La Encina. No, no es un cortijo en el que saciar el hambre con las mejores viandas del señorito, en el que apagar la sed con buen vino, en el que colmar el deseo, siempre insaciable, con doncellas o mozas. Nuestro destino es un ser milenario: una portentosa encina que compartió nacimiento con Al-Ándalus. Más de mil doscientos años sintiendo cambiar el mundo a su alrededor. Superviviente afortunada de lo que antaño fue una rica dehesa, ahora vigía impertérrita de olivares y «tierras de pan llevar» en los Llanos de la Estación, junto al cortijo de Las Viñas; señora de la sierra Mágina. (más…)

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cabezo d ela mina

 

—¡Cinco meses! Se dice pronto.

—No me lo puedo creer.

—Como te lo cuento.

—Chica, pa mear y no echar gota.

—Ya te digo. El primer informe de la policía llega en otoño, y firman la paralización en primavera.

—¿Tan difícil es parar una roturación sin permiso que han necesitado tres estaciones?

—Por lo que parece, para este alcalde y sus concejales, sí.

—Claro, se meten en los despachos y luego pasa lo que pasa.

—Pues sí, que los informes de la policía, las denuncias de las asociaciones y las noticias de la prensa han estado cogiendo polvo sobre sus mesas de despacho.

—Mujer, igual ni los leen.

—Pues, chica, saber, saben. Porque estudiados son, al menos los concejales. Y es su obligación, que para eso cobran y no poco.

—¡Vaya atajo de incompetentes!

—De eso, ni hablar. Que competentes sí son, y mucho.

—Pues, chica, contigo no me aclaro.

—Mujer, su trabajo lo hacen muy bien. A la vista está. Y te lo digo en serio.

—No hay quién te entienda.

—Igual si pensaras un poco.

—Ya estamos…

—A ver. ¿Que ha pasado en estos cinco meses?

—¿150 días?

—Que el dueño de la finca ha hecho lo que quería hacer; incluido arrancar pinos del monte.

—Ya.

—¿Lo vas pillando?

—No.

—Y a pesar de informes y denuncias no ha habido paralización hasta que el daño estaba hecho. Y porque ha salido en la prensa que si no…

—No estarás insinuando que…

—Que va, mujer. Líbreme el Señor. Yo solo expongo los hechos. Ahora tu ata cabos.

—Entonces, resulta que para que unos puedan…, los otros no…

—Ahí lo tienes.

—No me lo puedo creer.

—Ya te cuesta, ya.

—¿Me estás reprochando algo?

—¿Tú que crees?

—Lo dices como si yo tuviera algo que ver.

—Pues mira que te lo dije.

—¿Qué me dijiste?

—Que no les echaras la papeleta.

—Mujer, yo no sabía esto.

—Pues no será porque no llevan mili encima.

—Igual es que no han podido parar la cosa antes.

—Ya. Y yo voy y me lo creo. En cinco meses.

—¿Será posible?

—Como te lo cuento.

—Si me pinchan no me sacan ni una gota de sangre.

—Ya. A ti te sacan solo horchata.

—Y que burra que te pones algunas veces.

—¿O sea que la burra soy yo? Y tú, en las próximas, vas y les votas otra vez.

—¡Qué cosas tienes, mujer!

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Hilarión Pedauyé, Licenciado en Ciencias Ambientales y técnico de la Confederación Hidrográfica del Segura, como uno de los coordinadores del libro; Juan Antonio Pujol, Doctor en Biología y biólogo municipal del ayuntamiento de Torrevieja, Miguel Alarcón, naturalista, y Tomás Vte. Martinez, profesor de Ciencias de la Naturaleza y naturalista, presentaron el libro HISTORIA NATURAL DE SIERRA ESCALONA Y DEHESA DE CAMPOAMOR ante un aforo completo en la Biblioteca Pública Municipal de San Miguel de Salinas. Geología, flora, fauna, historia, etnobotánica, custodia del territorio son los capítulos que componen esta obra colectiva de divulgación científica, un importante hito en la lucha por la protección de la sierra y su entorno y la declaración de la misma como PARQUE NATURAL DE LA COMUNIDAD VALENCIANA.

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Conmovido, hoy te he visto

nacer desde el útero rocoso

que te engendra sin principio ni final.

Apenado, hoy he visto

tu fluida inocencia inmaculada

ignorante del perverso futuro que te espera.

Complacido, hoy he visto

a las rocas, a los campos, a los seres

que te acunan tiernamente en tus albores.

Afligido, hoy he visto

a los guijarros afinando tu murmullo cantarín

que será amargo llanto inmerecido hacia el ocaso.

Extasiado, hoy he visto

la vida transparente, refrescante y acuosa

que repartes generoso en las vertientes a tu paso.

Melancólico, hoy he visto

al Thader que aplacó la sed de los romanos,

al Gaudalabiad venerado con que los árabes regaron.

Emocionado, hoy he visto

tu sereno y discreto nacimiento,

y he sorbido de mis manos tu regalo permanente.

Hoy he visto tu hermosura,

río Segura, en tu alborada,

y he gozado tu frescura

inmaculada

en tu cuna de negrura

coloreada

de turquesa y aventura

en las moles escarpadas

de la Sierra de Segura.

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