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Posts Tagged ‘POESÍA’

MAR MENOR

Eres primavera irreverente,

soleada, permanente, de placer y de sosiego,

que refresca la brisa atrevida de Levante.

Inmensa Palus de salazón y trirreme,

Al-Buhayrat-al-Qsar de encañizada y paranza.

Mar Menor de sal precipitada y sudor de obrero,

de baño en el lodo y sombrilla en la arena,

de amores de verano y de amores para siempre,

de amaneceres lujuriosos sobre la orilla empapada,

de atardeceres ociosos entre añoranza y olvido,

de encuentros, reencuentros y despedidas.

Tesoro transparente

enturbiado de ambición y almas oscuras,

asfixiado de nitrato y corrupción.

Albufera asediada de ceguera y de ladrillo,

torturada en tu atávica hermosura.

Laguna avasallada en tu viveza ancestral.

Mar menorspreciado en tu homicidio alevoso.

Cementerio inducido.

Suspiran por tu suerte, que suerte suya también es,

Perdiguera y Mayor,

Gimotean, sin comprender, Redonda, Ciervo y Sujeto.

Y comparando su abandono con el tuyo,

en ruinas su historia, bajo el cieno la tuya,

desde la jara llora inconsolable y ajado San Ginés.

Sobre tus vastas praderas bajo el líquido anóxico

se extingue la fantasía del galopante del agua,

se consume el caballito entre la sucia tristeza

con la que gente sin alma verdea los campos exhaustos.

Se acumulan en tus aguas y en el cieno de tu fondo

huellas indelebles de tantos ojos cerrados,

de tantas gargantas mudas,

de tantas conciencias cómplices,

de corruptos y trileros, desalmados,

embaucadores, mentirosos y usureros,

delincuentes de corbata y mano larga.

Y en tus aguas y en tus playas también quedan,

emergiendo entre la costra de la muerte,

voces firmes, tantas veces denostadas,

que hace años se fundieron con el agua

y que claman junto al coro que reclama por la vida

de los seres que te pueblan y te nutren,

el tesoro transparente de tu historia

y el presente de tu eterna primavera irreverente,

soleada, permanente, de placer y de sosiego,

que refresca la brisa descarada de Levante.

Mar Menor,

no se rinde jamás el amor.

 

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Mi buen amigo Miguel Alarcón me pone en la pista de una anécdota curiosa y triste a la vez. Curiosa porque, aunque fugaz, algo tiene que ver con nuestro pueblo. Triste por el desenlace, más allá de nuestros límites geográficos.

En 1886 una maestra, Eloisa Pérez Pimentel, fue destinada a la escuela de niñas de San Miguel de Salinas (¿Fue este el primer año que ejerció de maestra en este pueblo?). Quizá estuvo en la localidad solo unos meses, quizá un curso completo (al año siguiente la destinaron a Algezares).

Es posible que alguna de esas niñas la recordara con cariño en el futuro; tal vez hizo en el pueblo algunas amistades, o quizá ya las tuviese de antes, porque en septiembre de 1885 ya firma en San Miguel un poema dedicado a su padre (publicado en El Diario de Murcia en octubre): (más…)

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Despiertan, nos despiertan,

los almendros otra vez,

del invierno que se nombra;

fieles a la cita inmemorial

del relevo, ahora confuso,

de confusas estaciones;

adelantados del renuevo

de la vida refugiada, aletargada,

que espera en su quietud, silenciosa,

la orden de la luz

para emerger de su espera.

Y entretanto, los almendros

van punteando los días

del color que ha de venir.

Me gusta el paisaje del almendro

en su blanco amanecer,

en su verde vestimenta,

en su desnudo otoñal.

Guardo intacto en el recuerdo

sus tiempos de esplendor,

dueño incontestable

de una extensa geografía;

geografía de mi niñez.

Un paisaje que se pierde,

del que apenas quedan restos,

islas desvaídas, territorio en regresión.

Queda el eco en la memoria,

del vareo, de la cofa, del telón,

de los piojos, de la charla, del vale,

del almuerzo, del botijo y del calor.

Del jornal,

que será estudios, que será pan.

Desde el hueco perforado por el tiempo

en sus troncos rugosos y apenados

vislumbro el ocaso de su gloria,

y aun así me alegran las galas con que visten

de blancura el renuevo de la vida.

Me enamora el paisaje del almendro

en su blanco amanecer;

me subyuga la pasión

de su verde vestimenta;

me sosiega la templanza

de su desnudo otoñal.

Me enamora el paisaje que dibujan,

los almendros.

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SE MARCHÓ EL ÚLTIMO TREN

El pasado lunes, 26 de octubre, en la velada literaria de El Triskel, la poeta Mariángeles Ibernón nos propuso un ejercicio sobre palabras que nacen de una imagen, en una cortísima gestación. A mí me tocó una con un motivo como este, aunque mucho más hermosa:

vias tren

No es la misma, pero las vías de un tren siempre tienen el mismo trazado aunque lleven a lugares distintos. Compuse este poema:

SE MARCHÓ EL ÚLTIMO TREN 

Se marchó el último tren

y yo sigo en la estación.

Todos los he perdido

esperando uno mejor.

Solo me quedan las vías

para que ruede el vacío,

ese hierro que es ausencia,

triste y oscura guía

por donde se me fue la vida

que pude haber perseguido.

Se marchó el último tren

por ser duda, y no atrevido.

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LA ÚLTIMA DESPEDIDA

Los últimos besos se ahogaron

en un temporal de lágrimas,

escurriéndose silenciosos

entre nuestros pies descalzos.

Las últimas caricias esculpieron

muescas indelebles de añoranza

en el lienzo inacabado que tejieron

las tardes inflamadas de deseo.

El último abrazo se prolongó

todo lo que el tiempo se detuvo,

y se lo apropió el pasado

cuando el mundo volvió a girar.

Las últimas palabras no las recuerdo,

estaba lamiendo las lágrimas

dulces de tus ojos abisales,

bebiendo los besos apasionados

de tus labios de hechizo,

diluyéndome en el templo

de tu cuerpo insaciable,

filtrándome piel adentro

hasta la célula más diminuta,

en el abrazo silencioso,

ardiente, del adiós definitivo.

La última mirada se quedó

flotando en la tristeza vaporosa

del aire enrarecido, irrespirable,

cuando tu cuerpo desnudo,

despacio, se vistió de despedida.

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gaza4

Tiene la guerra un conocido arsenal de caretas

preparadas en el armario público de la mentira.

Cubre, ahora, su faz iracunda de muerte y llanto

la máscara sobria, inescrutable, de la seguridad;

ocultará mañana su destrucción y su locura

tras la carátula expresiva de la amable democracia;

escondió ayer su apocalipsis tras un embozo de libertad;

Otro día cualquiera cubrirá su cara ensangrentada

la máscara venerada de los derechos humanos;

incluso tiene la guerra, dispuesta para la ocasión,

una careta blanca con forma de paloma de la paz.

Tiene la guerra un grave error en su engañoso disfraz:

da igual la careta que escoja, según la situación,

para esconder tras la apariencia adusta y respetable

seguridad, democracia, derechos humanos,

libertad, pazsu propósito mortal, inmoral;

siempre se trasparenta a través de las caretas,

impecables en su hechura, el amargo rostro del terror.

Tiene la guerra el plácet de bestias de rostro amable,

civilizadas, educadas, luciendo, incluso, en la pechera

la medalla prostituida del premio Nobel de la Paz.

Esperan resultados con una copa en la mano,

repanchigados, temerosos de Dios, la máscara puesta

para realizar declaraciones sinceras, sentidas, con dolor

ante los medios que crean la información que convenga,

protegidos, estos, tras la careta incuestionable del rigor,

la independencia, la profesionalidad, la verdad.

Tiene la guerra la cruel misión de someter pueblos,

arrancarles las facciones hasta dejarlos irreconocibles.

Y aun sin piel, sin músculos, sin cartílagos, sin huesos,

no consigue la guerra enturbiar con sus máscaras trucadas

las caras hermosas, descubiertas y limpias de los pueblos.

«Malditas sean la guerras y los canallas que las hacen». Julio Anguita.

Read Full Post »

OLYMPUS DIGITAL CAMERA     No me preguntes por él,

que yo no lo sé amar.

Es a ella a la que quiero,

a mí me enamora la mar.

     Nunca me llevó mi madre

a chapotear en el mar.

Siempre fuimos a la playa

a bañarnos en la mar.

     Nunca levanté castillos

en la arena, junto al mar.

Con pozal y pala hice

en la orilla de la mar.

     No he compartido amores

entre las olas del mar;

todos fueron bendecidos

por el agua de la mar.

     Nunca escucho los murmullos

que trae el vaivén del mar.

Siempre me arrulla el susurro

que solo entona la mar.

     Nunca las barcas que veo

van a pescar en el mar.

Saben bien los marineros

que la red se echa en la mar.

     No me preguntes por él,

que yo no lo sé amar.

Es a ella a la que quiero,

a mí me enamora la mar.

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