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Posts Tagged ‘RELATOS’

CASAS VIVAS

La inquietante y sabrosa lectura de Casa en venta, de Mercedes Abad (Páginas de Espuma, 2020), no solo la he disfrutado, sino que me ha inducido varias reflexiones. En este relato largo, o novela corta, es la voz de una casa la que narra lo que acontece a sus ocupantes, que ella ve, oye, siente desde sus paredes, suelo, techo, ventanas, puerta, convertida así, con la prosa fresca, estimulante, ácida a veces, envolvente en todo el relato de Abad, en un ser casi vivo con sentimientos y emociones.

La casa es testigo privilegiado de la llegada de una pareja de clase media con glamur, intelectual, con sus cenas con amigos, cultivadas conversaciones; son formidables, y así los bautiza la casa. Una pareja que acaba descomponiéndose por la obsesión creciente de la mujer con la limpieza, a partir de un detalle insignificante, que entra en una espiral de locura e irrealidad.

En el plano individual, la aparente fortaleza humana puede verse resquebrajada con ese adverso grano de arena que acaba convirtiéndose en una montaña inexpugnable en un proceso, en principio casi imperceptible, y que solo se calibra en toda su dimensión cuando ha crecido tanto que se muestra en toda su crudeza y es imposible ignorarlo o esconderlo. Y arrasa a su paso con todo lo que parecía inmutable.

Es lo mismo que ha ocurrido en el plano colectivo, social, con esta pandemia que sufrimos. Un brote que surge en un lugar remoto al que apenas prestamos atención va creciendo ante nuestros ojos sin que reparemos demasiado en ello hasta que un día despertamos y comprobamos con absoluto desconcierto que se ha convertido en un monstruo que convulsiona nuestra manera de vivir hasta el punto de hacerla casi irreconocible, poniendo así en evidencia nuestra fragilidad como especie.

Y si como individuos habitamos casas, que nos ofrecen refugio, intimidad, un lugar al que regresar, como especie disponemos de una única casa para todos, el planeta Tierra, que al igual que la narradora de Casa en venta ve, oye, siente sobre su piel nuestra suicida manera de conducirnos, e incluso con su lenguaje de fenómenos naturales nos envía continuos mensajes advirtiéndonos de que debemos variar el rumbo.

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Quizá esta pandemia esté siendo un serio aviso: «Si seguís reduciendo los espacios naturales, estrechando las zonas de contacto entre vosotros y los animales, rompiendo equilibrios de millones de años, tenéis los días contados». Aunque nuestra casa Tierra no deja de emitir señales: lluvias cada vez más intensas, olas de calor más frecuentes, incendios devastadores, inundaciones más virulentas. «Habéis envenenado la atmósfera, tomad medidas o seré inhabitable para vosotros».

La casa de Abad cuenta las andanzas de sus ocupantes. Entre sus paredes transcurre la vida, también hasta donde alcanza el balcón y las ventanas. Cada ocupante deja su huella indeleble. Una huella que yo he buscado en muchas ocasiones en las viejas casas de campo, en pie algunas, destechadas y agrietadas las paredes otras, o un montón ruinoso en el que apenas se distingue su estructura.

Ejercen sobre mí una atracción a la que me resulta difícil sustraerme, incluso cuando una pared amenaza con desplomarse sobre mi cabeza. Porque esas casas tienen historias que contar, guardan el recuerdo de vidas enteras, a veces de varias generaciones, con sus alegrías y sus penas, amores y desamores, nacimientos y duelos, esperanzas y frustraciones de las personas que las habitaron. Todo un universo de emociones humanas ligadas a un espacio convertido en cobijo, refugio, punto de encuentro, referencia necesaria, lugar al que volver.

Toda persona debería disponer de una casa a la que impregnar con las huellas de su vida.

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Suelo decir en firmas y presentaciones que 15 Agujeros, además de un curioso libro de relatos en los que realidad y fantasía se entremezclan, es también una propuesta para viajar a distintos puntos de nuestra geografía patria. Y hay quien lo ha hecho en este verano que toca a su fin. El libro ha llevado a viajeros (y ellos han llevado el libro en la mochila) a la localización, en tierras navarras, de dos de los últimos relatos: «La bruja de Zugarramurdi» y «El Guernica de Zilbeti». El primero, territorio de brujas, aquelarres, Inquisición… Un entorno natural que sobrecoge en la Cueva de las Brujas, por donde discurre el Arroyo del Infierno; como sobrecoge adentrarse en el Museo y conocer la barbarie que desencadenó el Santo Oficio contra aquellos que no se plegaban a la voluntad de los poderosos.

Cueva de las Brujas. Zugarramurdi

El otro destino, Zilbeti, pequeña localidad perteneciente al municipio de Erro, fue escenario hace unos años de importantes luchas vecinales en defensa de un hayedo sobre el que se cernía la amenaza de una mina al aire libre. De aquellos días quedó dibujado sobre troncos de hayas el famoso cuadro de Picasso, bajo la custodia del Basajaun, Señor del Bosque en la mitología vasco-navarra. Me alegro de que unos relatos hayan servido no solo para entretener durante su lectura, sino también para inducir a visitar sus escenarios. (más…)

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Tomo asiento en el lugar exacto en el que lo hizo Dolores unos meses atrás: justo en el centro de la parábola que forma el muro que delimita la Fuente Preñada por su frente. Ella la llama Fuente de la Juventud, eso del preñado ni siquiera hoy le suena bien, y en aquellos días mucho menos. Aunque lo cierto es que cuando ella estuvo en el parque de La Rosaleda nada le parecía bien, su vida interior era una tormenta continua en un mar embravecido, tenebroso incluso. Tenía treinta años y comenzaba a buscarse a sí misma, aunque todavía no era consciente de ello.

Aquel atardecer de mayo, Dolores buscaba refugio y consuelo, aclarar ideas, quizá respuestas entre el espectáculo cromático de las más de seiscientas cincuenta variedades de rosales que se reparten en los veinte mil ejemplares que ocupan los treinta y dos mil metros cuadrados de parque. Estos datos los aporto yo desde mi privilegiada situación, sereno, sabiendo quién soy, qué quiero y qué hago aquí. En cambio, a ella ni siquiera se le pasó la más mínima cifra por la cabeza, salvo su edad, cuando ya debería ir alcanzando una cierta claridad, estabilidad incluso, al menos en cuanto a sus aspiraciones profesionales y personales.

Desde mi posición, la misma que ella ocupó, en el centro geométrico de La Rosaleda, custodiado por la ninfa que emerge de la fuente, trato de aproximarme a las sensaciones que Dolores experimentó aquella tarde de mayo. Aunque ahora es marzo, la anómala temperatura de este inicio de primavera bien puede pasar por una tarde como aquella, salvo porque los rosales todavía no han florecido. Sé de la imposibilidad de sentir lo mismo que otra persona, más cuando a mí no me agobia mi origen, yo sé quién es mi familia, al menos hasta mis abuelos: los he conocido en persona o en fotografías y mis padres me han hablado de ellos. Dolores, en cambio, desconocía todo eso aquella tarde de mayo en la que tomó asiento en esta fuente. Sí, yo no puedo sentir lo que ella sintió, sin embargo, sé cuáles fueron esos sentimientos.

Si tomó asiento en esta Fuente de la Juventud fue buscando el estruendo rítmico y sostenido del agua regurgitada por los treinta y ocho caños de la fuente, capaz de eclipsar el de los coches que circulan justo enfrente, al otro lado de la verja que delimita La Rosaleda por poniente, pero que resultó insuficiente para acallar el ruido que le trastornaba la cabeza, el corazón, incluso el alma. Sé que en aquellos momentos le habría gustado ser esa Venus de mármol que emerge de las aguas en el centro de la fuente y sentir la caricia de las ramas de cedro que se mecen con cuidado sobre la superficie. Le habría gustado vivir con la despreocupación de la urraca que veo caminar entre los rosales picoteando su alimento aquí y allá; habría querido ser el mirlo que reposa pendiente de todo, ajeno a todo, en una de las ramas del cedro que abraza la fuente.

A Dolores le resultó inusualmente dura, por contraste consigo misma, la tranquilidad de ese oasis de geometría en el Parque del Oeste de Madrid, el color armonioso de la tarde, con el sol tintando de naranja las copas de los pinos y dorando los casi imperceptibles vaivenes de la superficie del agua de la fuente. Ni siquiera refrescándose la cara con ella pudo atemperar su sufrimiento. Aunque allí, entre la calma y el color de La Rosaleda, tocó fondo su desasosiego y, por más que saliera corriendo en busca de una tienda donde comprar una botella de tequila con el que emborracharse, se abrió para ella una rendija por la que explorar caminos hacia su propia superficie.

Aunque ella todavía no lo sabía, yo sí.

Yo lo sé todo sobre Dolores, porque la he creado.

Y, en verdad, siento atribuirle tanto sufrimiento, pero es el precio que debe pagar por ser quien es.

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ZAPATOS ROJOS

Como de costumbre, en lo primero que me fijo es en los zapatos. A la luz de la farola son de un rojo brillante, de tacón alto, casi de aguja. Terminan en ellos unas piernas torneadas, largas, ligeramente bronceadas. Las sigo hasta que se pierden bajo un corto vestido, también rojo, que apenas alcanza a tapar el nacimiento de los muslos. Sigo la tela que, como una segunda piel, delinea las caderas, se encoge para abrazar la cintura y asciende para acabar de pronto sobre unos pechos que escasamente llega a cubrir, y que intuyo tersos, proporcionados, fruta tierna. La joven, un tanto desmadejada sobre el banco del paseo marítimo, quizá duerme la fiesta nocturna. La larga melena rubia le cae desordenada ocultándole la cara. Me acerco hacia ella embaucado por tan hermosa arquitectura. Y entonces oigo sus sollozos. Reparo en los pañuelos de papel que hay en el suelo, arrugados, húmedos, con manchas grisáceas y negras. Con el dorso de la mano, gesto mecánico, se limpia las lágrimas. Tomo asiento a su lado y le ofrezco mi pañuelo de tela. Ella aparta un poco el cabello y me mira. Quizá no haya cumplido los veinte. Su cara es fina, muy hermosa a pesar de los surcos trazados por el rímel que ha abandonado unas pestañas largas, muy curvas, que enmarcan unos ojos azules, ahora enrojecidos por el llanto. Toma el pañuelo con gesto tímido, sin decir palabra, y mientras se enjuga las lágrimas con delicadeza, arrecia el llanto. El alba apunta ya sobre el horizonte que delimita un mar en absoluta calma.

—Te ha abandonado —le digo.

La chica llora desconsolada. Pierdo la vista en el mar, que espera paciente los primeros rayos del sol, y recuerdo mis propias lágrimas en este mismo banco. Lágrimas que reemplazaron a las risas y a los besos cuando allí, sentados, abrazados, mi gran amor de juventud y yo imaginábamos que disfrutábamos de un crucero desde la última cubierta, oculta la arena de la paya por el muro del paseo.

—No —dice entre gimoteos al tiempo que niega una y otra vez con la cabeza. Su pelo se agita hermoso. Vuelve al silencio y se refugia en mi pañuelo. El primer rayo de sol cruza el mar—. No me he atrevido a seguirle.

Esas palabras me golpean muy adentro, y el llanto amargo en que vuelve a sumirse la muchacha me hace sentir ese sabor en la boca.

—¿Él o ella?

—Él —contesta entre gimoteos, sin asomo de sorpresa.

—¿Lo amas?

—Con todas mis fuerzas.

No se ha tomado tiempo para responder, y ha interrumpido el llanto para hablar con determinación.

—No le des la espalda al amor —digo embargado por la congoja—. Hace años, yo no fui tras ella y lo he pagado con la infelicidad.

La chica se aparta el pelo de la cara y me observa con un cierto interés. Es guapísima.

—Tengo miedo —dice—. Tengo miedo a dejarlo todo atrás. —Señala con la barbilla hacia el mar.

Conozco esa sensación. Ya han pasado muchos años, treinta y siete, y todavía la recuerdo con la misma angustia que aquella lejana tarde en que fui cobarde.

—Yo también tuve miedo, como tú. Fue allí, al pie de la vieja torre, donde la perdí —dije señalando aquel lugar que tantas veces he maldecido y al que siempre regreso—. Era francesa, muy hermosa, la criatura más maravillosa del mundo. Vino de veraneo, la conocí en la playa y nos enamoramos al instante.

La congoja me puede. Pierdo la vista en el mar y las lágrimas me nublan el hermoso amanecer. A mi lado, la joven se suena la nariz.

—No era un amor de verano —prosigo—, era profundo, apasionado, irracional, como es el amor de verdad. El último día de sus vacaciones me pidió que me fuera con ella. Me tomó la cara entre las manos, me besó con una ternura que nunca más he sentido y me dijo que yo era el amor de su vida, pero que no podía quedarse: sus padres no lo consentían.

—¿Era menor?

—Dieciséis años. Yo, veinte. Tuve miedo de abandonarlo todo, de no saber cómo enfrentarme a lo desconocido, lejos de mi tierra, de los míos. No la seguí y me lamento cada día, porque todavía la sigo queriendo. —La muchacha me pasa el pañuelo para enjugarme las lágrimas que ahora desbordan mis ojos—. Si de verdad lo amas no cometas el mismo error que yo.

La joven me sonríe por primera vez.

—Gracias —dice, y me da un beso en la mejilla. Si hubiese sido en la boca no lo habría rechazado.

Se levanta, me devuelve el pañuelo, se estira inútilmente el vestido, me da otra vez las gracias y se encamina hacia las escaleras que tenemos enfrente y que llevan a la playa. Por un instante cruza frente al sol naciente. Un tenue halo de luz envuelve su figura y me parece imposible tanta perfección. ¿Por qué no tendré treinta años menos? Con su cuerpo en la retina y su sonrisa en los labios, cierro los ojos y dejo que el sol tibio del amanecer me acaricie, como si esas caricias fuesen las de la muchacha, como si fueran las de aquella chiquilla que no tuve el valor de amar con todas las consecuencias.

También yo abandono el banco. Es entonces cuando descubro un pequeño bolso rojo en el suelo. Deber ser de ella. Lo recojo y llego al muro. Peino la playa con la vista de norte a sur, pero no la distingo. ¿Dónde se ha metido? Estas escaleras son el único punto de acceso a la playa. Bajo los escalones con rapidez y me planto en mitad de la arena. El corazón me late cada vez más deprisa y la respiración se acelera; un incómodo hormigueo se adueña de mi estómago. El sol, que ya brilla sobre el mar, arranca un reflejo rojizo donde mueren las olas. Corro hasta la orilla. Y un grito angustiado se ahoga en llanto antes de abandonar mi garganta. ¡¿Qué he hecho?!

Junto a los zapatos rojos, las olas lloran sobre unos zapatos de hombre.

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Quim Monzó escribió “Vida Matrimonial“, un relato que he versionado. En cursiva, texto de Monzó.

A fin de firmar unos documentos, Zgdt y Bst (casados desde hace ocho años) tienen que ir a una ciudad lejana. Llegan a media tarde. Como no podrán resolver el asunto hasta el día siguiente, buscan un hotel donde pasar la noche. Les dan una habitación con dos camas individuales, dos mesillas de noche, una mesa para escribir (hay sobres y papel de carta con el membrete del hotel, en una carpeta), una silla y minibar con un televisor encima. Cenan, pasean por la orilla del río y, cuando vuelven al hotel, cada uno se mete en su cama y coge un libro.

Pocos minutos más tarde oyen que en la habitación de al lado están follando. Los chirridos del somier y el golpeteo del cabezal de la cama contra la pared no dejan lugar a dudas, y los jadeos primero, y los gemidos después, atraviesan el tabique como si fuera de papel. Zgdt y Bst cruzan las miradas de forma instintiva y esbozan una sonrisa forzada; enseguida vuelven a sus lecturas. Zgdt se revuelve incómodo en el lecho, ha pasado la vista varias veces por el mismo párrafo sin leer ni una sola letra. Entre las piernas, su miembro está creciendo. Mira de reojo a Bst y cree verla también inquieta. Tal vez si fuera a su cama…, piensa. Mejor no, se reprime, es muy probable que le diga que está cansada, que el viaje ha sido largo, y él no quiere otra decepción. Al otro lado de la pared, los gemidos aumentan de intensidad, más los de ella, alguno ya es un grito indisimulado. Malditos sean, se dice Zgdt para sus adentros, aunque inmediatamente lo asalta el recuerdo de cuando Bst y él hacían lo mismo. ¿Qué les ha pasado? ¿Cuándo la pasión fue desterrada por la rutina? Sin darse cuenta, la mano, suavemente, comienza a aliviar la presión que siente entre las piernas.

En la otra habitación, los gemidos de ella ya son gritos, y él le anuncia una y otra vez con todas las letras y toda la lujuria lo que le está haciendo. Zgdt mira a Bst, que se ha girado dándole la espalda, y ve como mueve ligeramente una pierna sobre otra. Zgst la tiene tan dura que le duele. La mujer que folla en la habitación contigua deja escapar un grito casi agónico, y el hombre la sigue en un coro de placer. Esa sinfonía impulsa a Zgdt a abandonar su cama para meterse en la de su mujer y tomarla al asalto, como hacían, unas veces él, otras veces ella, cada vez que tenían ocasión cuando eran novios y en los primeros años de casados. Ahora hay silencio en la habitación contigua. Antes de poner los pies en el suelo, Zgdt se detiene: ¿Por qué siempre ha de ser él quien vaya rogándole a Bst un polvo? No, ya está bien, que sea ella la que dé el paso, porque seguro que esta noche, la follada en directo la ha puesto caliente. Zgdt vuelve a taparse, y vuelve a aliviar su miembro. Un instante después, la mujer de la habitación de al lado vuelve a gemir, ahora solo es ella. ¡Por Dios, no es posible, se dice Zgdt, si acaba de correrse! Bst acaba de girarse, se destapa, sale de la cama y le dirige a Zgdt una sonrisa que este no sabe descifrar. Por un instante, Zdgt siente que la entrepierna le va a reventar. Al fin parece que Bst se ha decidido, ya era hora, piensa para sí. Bst, en cambio, se dirige al baño, entra y cierra la puerta. Los gemidos de la mujer van en aumento. Se la está comiendo, concluye Zgdt, que ya no aguanta más, y lo que hasta ahora había sido un meneo de contención se desboca en una masturbación desesperada. En la otra habitación, la mujer estalla en un quejido largo y ronco de éxtasis. Al mismo tiempo, Zgdt cierra los ojos y se derrama con un gemido ahogado. En ese momento se abre la puerta del baño, Zgdt abre los ojos y ve a Bst desnuda, con el pelo suelto, lasciva, muy hermosa, que se dirige hacia él. De pronto Bst se detiene en seco, su expresión se agria, acaba de darse cuenta de la situación, se encamina a su cama y se acuesta dándole la espalda a su marido. Zgdt maldice todo lo habido y por haber. Comienza a escuchar los gemidos apagados de Bst, aunque no alcanza a diferenciar los del llanto de los del placer. En la habitación de al lado es el hombre el que ahora jadea su goce.

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(UN MICRORRELATO)

Frío como un carámbano, vació el cargador sin pestañear mientras la miraba fijamente a los ojos. Nunca se había sentido tan seguro de sus actos como en ese instante. Entonces, ella, de improviso, le acuchilló el corazón. En el suelo, las balas intactas se mancharon de sangre.

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Monumento a la Quinta del Biberón en la Cota 705

“¡Vamos, déjalo y ponte a cubierto!”, me grita el teniente esforzándose para hacerse oír por encima del infernal estruendo de las explosiones, pero yo me he quedado paralizado. Ya no es miedo ni pánico ni terror, es algo más que eso, es una angustia indescriptible, un temblor frío e incontrolable, una especie de inconsciencia sumamente dolorosa. Me he quedado inmóvil, tendido en el suelo, sujetándome el casco con una mano y aferrando con la otra la del camarada al que trato de arrastrar hacia la estrecha grieta entre dos rocas que nos sirve de improvisado y precario refugio. Aquí, en lo alto de la sierra, es imposible cavar una trinchera en la dura piedra. Mi mano sigue apretando la suya pero el resto de su cuerpo está a tres metros de distancia; cuando tiraba de él, una esquirla de piedra, como si de un disco de acero afilado se tratara, le ha seccionado el brazo a la altura del codo; un corte limpio, perfecto, traicionero e imprevisto, a pesar de que lo más previsible es que ocurran cosas así cuando durante horas estamos sometidos al fuego enemigo. Lo peor de los pepinos que dejan caer los nacionales (más…)

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SOLEDAD

Quisiste dejarla fuera pero fue inútil. Le cerraste puertas y ventanas pero atravesó las paredes y se quedó a vivir contigo.

Ella se reclina en el sofá y espera paciente tu regreso. Percibe tus pasos, sabe que te acercas. Tú también sabes que te encontrarás con ella en cuanto abras la puerta. Giras la llave, empujas y allí está como cada tarde, como cada noche, como cada amanecer, como siempre, esperándote, acogiéndote en su seno frío que tú detestas, eternamente fiel, tuya, y de tantos otros, y de tantas otras.

Te sigue hasta el último rincón, se ducha contigo, cena contigo, se acuesta contigo y sueñas con ella, se levanta contigo y contigo desayuna. Pretende acompañarte al salir de casa pero tú ya has aprendido a negárselo, a mantenerla recluida lejos de tu trabajo, de tus amigos, de tu (más…)

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Ayer domingo, en el transcurso de un concierto ofrecido por la Agrupación Musical de Guardamar y la Coral Aromas de Guardamar, la concejala de Cultura hizo entrega de los premios del XIII Concurso de Narrativa Corta Real Villa de Guardamar 2008. En la modalidad castellano, el relato premiado fue EL GALLO, del cual soy autor. Os lo dejo a continuación. Espero que os guste.

EL GALLO

A mi madre, Carmen Campillo. In Memoriam.

El gallo.

Siempre el gallo.

Otra vez con su canto madrugador anunciando que ya es hora de levantarse. ¡Maldito sea!… Aunque, bien pensado, si no fuera por él no tendríamos huevos en la mesa. ¡Y a mi pequeño le gustan tanto! Cómo duerme en su cunita. Qué carita de ángel. Ahora ya dormirá más caliente. Anoche, por fin, terminé de coser la cortina del dormitorio, y algo quitará del frío que entra por las rendijas de la ventana sin cristales. Algún día tendremos una casa con cristales en las ventanas.

Cómo me cuesta abrir los ojos. Qué tarde se me hizo anoche. Mi marido -el pobre acaba tan cansado después de todo el día con el ganado- se quedó dormido en la mecedora de su madre (más…)

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