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Posts Tagged ‘Residuos’

Hay un diminuto rincón natural que me resulta de lo más coqueto. Un reducido tramo de rambla cubierto de carrizo y de taray en apretada formación, flanqueado en el lado norte por un camino de firme compacto que sirve de transición a una loma donde crece el albardín, unos pocos pinos y algún algarrobo aislado. Caminar por esas decenas de metros es respirar humedad, aun en los días más secos, descubrir pajarillos entre la vegetación, conejos que corren a ocultarse y manchas de salitre que aflora en superficie, donde plantas capaces de soportarlo tapizan el suelo.

Todo muy bucólico.

Una tarde decido observar el hermoso rincón desde el lado sur, por el que nunca he caminado, donde linda con campos de cultivo de hortalizas. El encanto se rompe en los primeros metros: las ramas de un grupo de tres pinos han sido arrancadas del tronco, no cortadas, sino arrancadas como si un brazo se desmembrara del cuerpo de un tirón y jirones de carne quedasen colgando en el punto de unión. Sádica manera de eliminar las ramas que quizá invadían el camino. La naturaleza de las heridas revela el desdén con el que algunos humanos tratan a otros seres vivos.

Una decena de metros más adelante descubro lo que se oculta tras la hermosura de la vegetación de la rambla: un vertedero de plásticos contaminando la pequeña zona húmeda, arrancándole también a ella el encanto que aparenta. Otra muestra de la falta de respeto que algunos humanos muestran con otros seres, con el agua, con la propia tierra.

Pero quizá no todo esté perdido. Esa misma tarde, con el ánimo herido y maldiciendo la condición humana, continúo caminando entre huertos de cítricos ya de vuelta a casa. Al enfilar un camino descubro un pequeño gesto que me devuelve parte de la alegría perdida: una improvisada papelera a la vera del camino. Un bidón de plástico, debidamente recortado, sujeto a un hierro clavado en el suelo, contiene algunas latas. Unas decenas de metros más adelante encuentro otra, y después otra. Yo mismo recojo una botella de plástico que encuentro al lado de un limonero y la deposito en la ingeniosa papelera. Y felicito para mis adentros, porque no lo tengo frente a mí, a quien ha tenido la genial idea. Ojalá cunda el ejemplo, me digo.

Y me viene a la memoria lo que contemplé hace unos meses en una finca plantada de lechugas. Era un domingo por la mañana. Me llamó la atención un remolque cubierto con una lona en mitad de un bancal. Más lejos había otro. Pensaba en qué sentido tenía aquello cuando un hombre detuvo su coche frente a una puerta metálica que daba acceso a la finca. Me acerqué a preguntarle, y muy amablemente resolvió mis dudas, llevándome incluso hasta uno de aquellos almacenes móviles de envasado de lechugas. Se trataba de una plantación ecológica, vendida en origen, destinada al mercado alemán. Todo el proceso tenía lugar en el mismo bancal, hasta donde llegaban los camiones para cargar la mercancía y llevarlos directamente a su destino.

Pero lo que más me sedujo, más allá de que hubiese dos baños portátiles para los trabajadores, estratégicamente colocados, fue el no encontrar ni un solo residuo en todo el bancal. Ni un plástico, ni una botella, ni una lata, nada. Todo esos residuos, propios de almuerzo y comida, estaban recogidos en sendos sacos de basura depositados al comienzo del bancal, cerca del camino, ocultos junto a un margen a la espera del trasporte que había de recogerlos. Al parecer, los compradores alemanes querían que no solo el cultivo fuese ecológico, sino que el entorno se respetara al máximo. ¡Cuánto nos falta todavía!, pensé. Aunque quizá estemos en el camino. La duda: ¿llegaremos a tiempo?

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Residuos en el borde del mundo

Una de mis últimas andanzas en la Naturaleza ha sido seguir el borde del mundo que acaba donde comienzan las viviendas de Eagle Nest, Blue Lagoon y El Galán. Hacía muchos años que no transitaba esas laderas, tantos que el mundo era mucho más extenso y su piel, plagada de vegetación, todavía era capaz de respirar.

La reducida extensión que aún se conserva sigue siendo un pequeño paraíso repleto de vida entre los muchos senderos que, como cicatrices blancas, recorren el monte. En esos caminos improvisados que se han hecho permanentes es fácil encontrar niños que buscan aventura, jóvenes que se escabullen de miradas inoportunas, maduros que corren o caminan para mantenerse en forma o mayores que pasean al perro.

Pero yo no soy de senderos. Me gusta adentrarme entre los arbustos e impregnarme de los intensos aromas de una vegetación agradecida en las umbrías. Me han sorprendido los muchos claveles de monte que florecen en estas fechas y que dan nombre al paraje: Cerro (más…)

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