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SAN MIGUEL TIENE PUERTO

Pues resulta que San Miguel de Salinas tiene puerto. Debe de ser cosa del progreso y de la modernidad. Lástima que no sea de mar. Bien lo podría haber sido en un punto de los más de cuatro kilómetros de costa, entre Punta Prima y Cabo Roig, que un día formaron parte de nuestro extenso término municipal: los liberales lo concedieron y el Borbón de la época (Fernando VII) lo quitó. Playa ya tuvimos, aunque no fuera nuestra: la «Playa del Pueblo», o simplemente La Cala (aunque tenga ya galones de Capitán, que para el turismo impone más), a la que mucha gente de San Miguel acudía los domingos e incluso alguna semana completa al amparo del carro y la manta cuando ese trocito de costa todavía era virgen.

Así que el puerto que ahora tenemos es de montaña, bueno más bien de cerro, loma o colina diría yo. El caso es que cuando no éramos modernos ni del siglo XXI solo teníamos altos, que por lo que se ve es de menos categoría, y algún badén que otro. Salir del pueblo por la carretera a Balsicas, llevaba al viajero a subir el Alto de las Escalericas; si el camino era hacia Orihuela, el Alto a coronar era el de Vistabella; en cambio, tocaba pasar por el Badén de Lo Soto si el destino era Torrevieja. Y aunque siguen estando, quizá en un futuro no muy lejano también asciendan de categoría y hasta podríamos contar con el Valle de lo Soto. Seguir leyendo »

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Una tarde de mediados de abril de este mismo año, siguiendo una ruta senderista en el entorno natural de El Valle, en Murcia, encontré un desprendimiento de fragmentos de arcilla en la orilla del camino; me detuve y tomé uno de ellos. Era perfecto para… Fue un acto reflejo, que duró un instante, el poso de un hábito desarrollado durante casi cuarenta años: aprovechar del entorno cualquier elemento que me sirviera en el aula para facilitar al alumnado la comprensión del mundo natural en el que vivimos. Rocas, nidos, plumas, egagrópilas, cráneos de animales, esponjas marinas, frutos y semillas, fotografías y diapositivas del valle en V que labra un río, de torcas y torcales, de estratos plegados, de barrancos y cuevas, de saltos de agua, de huellas de dinosaurio, de plantas. Todo aquello que pudiera ser útil lo guardaba en la cámara de fotos o en el maletero del coche. Seguir leyendo »

Anda preocupado el vecindario con el asunto de la planta de tratamiento de residuos (basura es algo sin valor, y los residuos siguen siendo valiosos) que nos puede caer desde «Valencia», ya como un apetitoso maná, ya como una pesada losa. Y no es para menos tal preocupación. Aunque el agua venga fría, tememos escaldarnos. Apenas oímos «basuras» saltan las alarmas, porque enseguida nos viene a la memoria el vecino pueblo de Torremendo y la titánica lucha de sus habitantes durante años para impedir que les colocaran un vertedero a las puertas de casa, jodiéndoles el descanso, la pituitaria y la vida. Muy cerca nos queda ese otro vertedero de infausto recuerdo al pasar el río Nacimiento, en la Dehesa de Campoamor; toneladas y toneladas de residuos en pleno monte, con sus olores y sus humos, tolerado por todas las administraciones durante años y años. Y el de La Murada, recientemente sellado por el gobierno valenciano, que tanto ha dado que hablar sobre corrupción.
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Es el día después. Estoy con mi nieta en un parque infantil de una pedanía de Murcia. Mientras ella juega en el tobogán, tomo asiento sobre el suelo de caucho reciclado, a la sombra de un árbol, pues el día ha amanecido caluroso. Cerca de mí hay un banco, al que llegan dos chicas muy jóvenes, no más de quince años. Oigo el sonido de sus móviles cuando se muestran una a la otra los videos que grabaron la noche anterior en la manifestación. Las observo durante unos instantes: cuchichean entre sonrisas, se muestran cómplices, sabedoras de haber sido partícipes de una hazaña que ahora rememoran una y otra vez a través de sus grabaciones. Y tienen razones para ello. Seguir leyendo »

LOS ALMENDROS

Despiertan, nos despiertan,

los almendros otra vez,

del invierno que se nombra;

fieles a la cita inmemorial

del relevo, ahora confuso,

de confusas estaciones;

adelantados del renuevo

de la vida refugiada, aletargada,

que espera en su quietud, silenciosa,

la orden de la luz

para emerger de su espera.

Y entretanto, los almendros

van punteando los días

del color que ha de venir.

Me gusta el paisaje del almendro

en su blanco amanecer,

en su verde vestimenta,

en su desnudo otoñal.

Guardo intacto en el recuerdo

sus tiempos de esplendor,

dueño incontestable

de una extensa geografía;

geografía de mi niñez.

Un paisaje que se pierde,

del que apenas quedan restos,

islas desvaídas, territorio en regresión.

Queda el eco en la memoria,

del vareo, de la cofa, del telón,

de los piojos, de la charla, del vale,

del almuerzo, del botijo y del calor.

Del jornal,

que será estudios, que será pan.

Desde el hueco perforado por el tiempo

en sus troncos rugosos y apenados

vislumbro el ocaso de su gloria,

y aun así me alegran las galas con que visten

de blancura el renuevo de la vida.

Me enamora el paisaje del almendro

en su blanco amanecer;

me subyuga la pasión

de su verde vestimenta;

me sosiega la templanza

de su desnudo otoñal.

Me enamora el paisaje que dibujan,

los almendros.

EL SITIO: DE PADRES A HIJOS

Hay anécdotas que merecen ser contadas. Obviamente su valor no es un absoluto y, como todo, depende de la importancia que tenga para cada cual. Esta que hoy relato la tiene para mí, puesto que se refiere a mi primera novela: El Sitio.

He contado en alguna ocasión que la escribí porque no era consciente de ello. Me explico. No fue una decisión premeditada al estilo de «bueno voy a sentarme a escribir una novela»; si así lo hubiera hecho, ante tal colosal empresa me habría desanimado por considerarme incapaz de ello. Lo que me impulsó a escribir la primera página fue la necesidad de liberar una frustración: la que nace al comprobar la necedad de la condición humana. Ocurrió a mediados de la década pasada; por aquellos años, yo estaba viviendo muy de cerca la redacción del Plan General de Ordenación Urbana de San Miguel de Salinas y conocía de primera mano las locuras urbanísticas que se habían dibujado en los planos: miles y miles de viviendas, decenas de miles de nuevos habitantes y destrucción del medio natural, todo ello a mayor gloria de un pretendido progreso que solo era la tapadera de negocios de dudosa legitimidad, sin previsión alguna de qué ocurriría en un futuro a medio plazo. Y me preocupaba sobre manera el destino reservado para la maltratada, pero necesaria sierra de Escalona. Por más argumentos que se esgrimieran en contra de la barbarie (eso que después se llamó burbuja urbanística), ninguno de los responsables políticos de los grandes partidos hizo el más mínimo caso. La razón no servía de nada frente al rodillo del «progreso». Seguir leyendo »

Este fin de semana pasado he practicado hammocking, o dicho en castellano, me he tumbado en una hamaca colgante entre dos pinos. Dicho así no representa nada extraordinario, pero lo es. Es esta una técnica desarrollada por el científico Rich Blundell, dentro de su proyecto de investigación sobre Cosmosis -desarrollado con una beca de TIDES (Tides Foundation of New York)-, para fundir el conocimiento científico y la tecnología con la creatividad humana desde las experiencias sensoriales y emocionales con la naturaleza en la búsqueda de una mayor integración de las personas con el universo. No, no tiene nada de esotérico, religioso, místico, etc. Allí, tumbado, flotando en un espacio inusual, entre el suelo y el dosel del pinar, he vuelto a recordar una vez más una frase de otro científico, el paleontólogo Stephen Jay Gould, que también apelaba a las emociones como fuerza necesaria para proteger y conservar el medio natural: «Soy consciente de que no podemos ganar la batalla para salvar a las especies y el ambiente sin forjar un vínculo emocional entre nosotros y la naturaleza, puesto que no luchamos por la salvación de algo que no amamos sino que solo apreciamos en cierto sentido abstracto». Seguir leyendo »