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LOS CAMINOS DEL AGUA

El agua busca su camino

Un amigo biólogo, que algo debe entender del funcionamiento del medio natural, días atrás, en plena inundación de la huerta, hacía un comentario en Facebook sobre la situación que se vivía, y que acababa con el deseo de «que hayan los menores daños personales y materiales posibles ocasionados por el río…o por el ser humano?».

¿Por el río… o por el ser humano? La pregunta deslizada era una invitación a la reflexión. Una reflexión sobre lo obvio.

Terremotos, huracanes, tornados, tormentas eléctricas, tormentas solares, olas de calor y de frío, lluvias torrenciales, son fenómenos naturales que antes o después ocurren, porque la Naturaleza es como es, desde antes de que los humanos pobláramos la Tierra, y lo seguirá siendo tras nuestra extinción, que al paso que vamos… Por tanto, Seguir leyendo »

15 AGUJEROS QUE VISITAR 

Suelo decir en firmas y presentaciones que 15 Agujeros, además de un curioso libro de relatos en los que realidad y fantasía se entremezclan, es también una propuesta para viajar a distintos puntos de nuestra geografía patria. Y hay quien lo ha hecho en este verano que toca a su fin. El libro ha llevado a viajeros (y ellos han llevado el libro en la mochila) a la localización, en tierras navarras, de dos de los últimos relatos: «La bruja de Zugarramurdi» y «El Guernica de Zilbeti». El primero, territorio de brujas, aquelarres, Inquisición… Un entorno natural que sobrecoge en la Cueva de las Brujas, por donde discurre el Arroyo del Infierno; como sobrecoge adentrarse en el Museo y conocer la barbarie que desencadenó el Santo Oficio contra aquellos que no se plegaban a la voluntad de los poderosos.

Cueva de las Brujas. Zugarramurdi

El otro destino, Zilbeti, pequeña localidad perteneciente al municipio de Erro, fue escenario hace unos años de importantes luchas vecinales en defensa de un hayedo sobre el que se cernía la amenaza de una mina al aire libre. De aquellos días quedó dibujado sobre troncos de hayas el famoso cuadro de Picasso, bajo la custodia del Basajaun, Señor del Bosque en la mitología vasco-navarra. Me alegro de que unos relatos hayan servido no solo para entretener durante su lectura, sino también para inducir a visitar sus escenarios. Seguir leyendo »

Mi buen amigo Miguel Alarcón me pone en la pista de una anécdota curiosa y triste a la vez. Curiosa porque, aunque fugaz, algo tiene que ver con nuestro pueblo. Triste por el desenlace, más allá de nuestros límites geográficos.

En 1886 una maestra, Eloisa Pérez Pimentel, fue destinada a la escuela de niñas de San Miguel de Salinas (¿Fue este el primer año que ejerció de maestra en este pueblo?). Quizá estuvo en la localidad solo unos meses, quizá un curso completo (al año siguiente la destinaron a Algezares).

Es posible que alguna de esas niñas la recordara con cariño en el futuro; tal vez hizo en el pueblo algunas amistades, o quizá ya las tuviese de antes, porque en septiembre de 1885 ya firma en San Miguel un poema dedicado a su padre (publicado en El Diario de Murcia en octubre): Seguir leyendo »

UN BUCÓLICO PASEO

Salgo a caminar a primera hora de la mañana. La vía de servicio del canal del trasvase es una buena opción, el agua siempre acompaña, y aunque discurra por un cauce cementado hay plantas que se asoman al borde, otras que se atreven a crecer en cualquier grieta, incluso las más osadas aprovechan acúmulos de tierra en el mismo borde del agua para echar raíces. Algún insecto se entretiene entre sus flores o se oculta entre sus hojas. Una lagartija corretea buscando qué comer o dónde esconderse. Algunos pajarillos me sobrevuelan atentos a lo suyo, ajenos a mí.

El día comienza suave, primeros de junio, lo que tampoco es novedad, ni siquiera es normal o anormal, el cambio climático lo está poniendo todo patas arriba por más que lo ignoremos, ocupados en nuestras rutinas o enfrascados en nuestros importantes quehaceres, que al fin y al cabo no son más que diminutas motas de nada ante lo que se nos viene encima si no hacemos algo pronto (vaya, con lo bucólica que había empezado la mañana).

Se agradece el frescor de las primeras horas, ese aire que todavía huele a madrugada, la ligereza que permite la leve caricia del sol, el ladrido lejano de un perro, la estampa quieta y verde de naranjos y limoneros, un maizal al fondo, los surcos de la tierra en blanco que va abriendo un tractor, un cielo inmaculado de un azul que comienza. Ciclistas en solitario, en pareja, en grupo; un hombre con patines y una mujer corriendo a su lado; caminantes; todos gente mayor, de aquí y de allá, disfrutando de clima y paisaje.

Un trabajador, mascarilla para el veneno, fumigando un talud que cae hasta el camino que lo separa de un huerto. Las víctimas son plantas silvestres que en nada afectan al cultivo. Las víctimas son también los insectos que viven y se alimentan de esas plantas, los que se encargan de polinizar, de comerse a otras especies. Veneno para romper los equilibrios que la naturaleza construye. Un error (vuelve a joderse el pastoril paseo).

La tendencia a eliminar los clásicos bancales y volver a la pendiente más o menos natural del terreno, si bien puede facilitar las modernas tareas agrícolas, ha eliminado los márgenes en los que se escalonaba el terreno. Quizá ya no sea necesario ese abancalamiento para que el suelo retenga el agua de lluvia, el goteo la sustituye, pero con ello se ha perdido la función ecológica que cumplían los márgenes: albergar especies silvestres de plantas que aportaban alimento y cobijo a insectos que a su vez colaboraban en el control biológico de otras especies y en la imprescindible polinización. Sería buena idea no solo dejar de envenenar la tierra y empobrecer su diversidad, sino incrementarla intercalando setos de plantas silvestres autóctonas en las parcelas de cultivo.

La luz de la mañana, el agua, la tranquilidad que se respira me ayuda a deshacerme del regusto amargo de la estupidez humana. Me reconforta saber que en muchos lugares hay iniciativas que apuestan por repensar nuestra relación con el entorno rural y urbano. Desde lo público se debería dar ejemplo. Pienso en los parques y jardines de pueblos y ciudades, en los que compaginar la jardinería tradicional con las nuevas alternativas de xerojardinería y plantas autóctonas, los hoteles para insectos, los refugios para murciélagos, las cajas nido… creando espacios singularizados que aumenten la biodiversidad y, en la zona en que vivimos, nos vayan adaptando a los rigores que nos trae el cambio de clima que ya sufrimos.

Pasear con calma, temperatura agradable, entorno amable, soñar con que es posible.

DOLORES

Tomo asiento en el lugar exacto en el que lo hizo Dolores unos meses atrás: justo en el centro de la parábola que forma el muro que delimita la Fuente Preñada por su frente. Ella la llama Fuente de la Juventud, eso del preñado ni siquiera hoy le suena bien, y en aquellos días mucho menos. Aunque lo cierto es que cuando ella estuvo en el parque de La Rosaleda nada le parecía bien, su vida interior era una tormenta continua en un mar embravecido, tenebroso incluso. Tenía treinta años y comenzaba a buscarse a sí misma, aunque todavía no era consciente de ello.

Aquel atardecer de mayo, Dolores buscaba refugio y consuelo, aclarar ideas, quizá respuestas entre el espectáculo cromático de las más de seiscientas cincuenta variedades de rosales que se reparten en los veinte mil ejemplares que ocupan los treinta y dos mil metros cuadrados de parque. Estos datos los aporto yo desde mi privilegiada situación, sereno, sabiendo quién soy, qué quiero y qué hago aquí. En cambio, a ella ni siquiera se le pasó la más mínima cifra por la cabeza, salvo su edad, cuando ya debería ir alcanzando una cierta claridad, estabilidad incluso, al menos en cuanto a sus aspiraciones profesionales y personales.

Desde mi posición, la misma que ella ocupó, en el centro geométrico de La Rosaleda, custodiado por la ninfa que emerge de la fuente, trato de aproximarme a las sensaciones que Dolores experimentó aquella tarde de mayo. Aunque ahora es marzo, la anómala temperatura de este inicio de primavera bien puede pasar por una tarde como aquella, salvo porque los rosales todavía no han florecido. Sé de la imposibilidad de sentir lo mismo que otra persona, más cuando a mí no me agobia mi origen, yo sé quién es mi familia, al menos hasta mis abuelos: los he conocido en persona o en fotografías y mis padres me han hablado de ellos. Dolores, en cambio, desconocía todo eso aquella tarde de mayo en la que tomó asiento en esta fuente. Sí, yo no puedo sentir lo que ella sintió, sin embargo, sé cuáles fueron esos sentimientos.

Si tomó asiento en esta Fuente de la Juventud fue buscando el estruendo rítmico y sostenido del agua regurgitada por los treinta y ocho caños de la fuente, capaz de eclipsar el de los coches que circulan justo enfrente, al otro lado de la verja que delimita La Rosaleda por poniente, pero que resultó insuficiente para acallar el ruido que le trastornaba la cabeza, el corazón, incluso el alma. Sé que en aquellos momentos le habría gustado ser esa Venus de mármol que emerge de las aguas en el centro de la fuente y sentir la caricia de las ramas de cedro que se mecen con cuidado sobre la superficie. Le habría gustado vivir con la despreocupación de la urraca que veo caminar entre los rosales picoteando su alimento aquí y allá; habría querido ser el mirlo que reposa pendiente de todo, ajeno a todo, en una de las ramas del cedro que abraza la fuente.

A Dolores le resultó inusualmente dura, por contraste consigo misma, la tranquilidad de ese oasis de geometría en el Parque del Oeste de Madrid, el color armonioso de la tarde, con el sol tintando de naranja las copas de los pinos y dorando los casi imperceptibles vaivenes de la superficie del agua de la fuente. Ni siquiera refrescándose la cara con ella pudo atemperar su sufrimiento. Aunque allí, entre la calma y el color de La Rosaleda, tocó fondo su desasosiego y, por más que saliera corriendo en busca de una tienda donde comprar una botella de tequila con el que emborracharse, se abrió para ella una rendija por la que explorar caminos hacia su propia superficie.

Aunque ella todavía no lo sabía, yo sí.

Yo lo sé todo sobre Dolores, porque la he creado.

Y, en verdad, siento atribuirle tanto sufrimiento, pero es el precio que debe pagar por ser quien es.

Emitida el 13 de marzo de 2019. Progrma A Pie de Calle.

Aquí el programa completo:

http://www.visionseis.tv/a-pie-de-calle-13-marzo-2019/

 

La Revolución Industrial trajo consigo un nuevo escenario laboral. Artesanos y agricultores se convirtieron en obreros, el espacio de trabajo pasó del taller a la fábrica, las máquinas se erigieron en mecanismos imprescindibles de la productividad, mujeres y niños entraron a formar parte del nuevo ejército del trabajo industrial. Largas jornadas laborales, un esfuerzo agotador, escaso salario, accidentes, enfermedades se constituyeron en castigo para los trabajadores y beneficio para los patronos. Tales condiciones de trabajo provocaron manifestaciones, ocupaciones de fábricas, sabotajes, huelgas y con ello el nacimiento del Movimiento Obrero y el sindicalismo.

El Estado asumió en un primer momento un rol pasivo, amparado en el principio de supuesta igualdad jurídica entre las personas, ya fueran obreros o patronos. Un principio viciado en origen, pues no existía igualdad real en las relaciones entre ambos estamentos. El poder político y económico se encontraba en manos de las élites, que hacían leyes a su conveniencia y utilizaban el poder coercitivo del Estado para defender su posición privilegiada. Sin embargo, la creciente movilización obrera obligó, en un largo y cruento proceso, a que los gobiernos dictaran normas para que las relaciones laborales mejoraran a favor de los trabajadores.

Con la Constitución de Weimar, en 1919, se rompió con esa idea tramposa de la igualdad social absoluta y se incorporaron los derechos sociales (la Constitución de México los había incorporado dos años antes como consecuencia de la Revolución). En España, con la Constitución de 1931, en la Segunda República, el Estado asumió la protección de los trabajadores, y no solo porque en su artículo primero expresara que «España es una República Democrática de trabajadores de toda clase…», sino porque en su artículo 46 lo explicitaba: «La República asegurará a todo trabajador las condiciones necesarias de una existencia digna. Su legislación social regulará: los casos de seguro de enfermedad, accidente, paro forzoso, vejez, invalidez…»

Por tanto, ante una desigualdad real, consecuencia de que una parte del cuerpo social se encuentra en desventaja con respecto a otra, el Estado democrático debe legislar para proteger los derechos de las personas más vulnerables y acabar con dicha desigualdad. Es el caso de la desigualdad de género; las mujeres están en desventaja social, son muchos los datos que así lo confirman. No obstante, las rémoras de una sociedad patriarcal de profundas raíces dificulta el proceso. Por eso es necesario que el feminismo, organizado, salga a la calle para exigir cambios sociales y legales, para despertar conciencias, para generar reflexión, para animar a hombres y mujeres a trabajar cada día por la igualdad real en la familia, en el trabajo, en el estudio, en el ocio, en la vida.