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5-en-una-carcel-de-arenaKoría Badbad sale de su jaima envuelta en una manta y da unos pasos hacia donde comienza a clarear, allá lejos, sobre el horizonte que delinea la arena del desierto, tan desierto como cada día. Hoy se ha despertado en la madrugada, de improviso, en mitad de un sueño hermoso —esta noche no ha habido pesadillas—. Ha soñado, reviviendo como real, con el sonido del timbre que anuncia el comienzo del recreo en el instituto, donde estudia segundo de bachillerato, ella cerrando el libro y cogiendo el bocadillo de la mochila, bajando por las escaleras, conversando en el patio con sus amigas y con su hermano español. Sabe que en su sueño había más imágenes, entremezcladas, confusas, que no recuerda muy bien, de aquel tiempo feliz que vivió con su familia española, con sus amigos de aquel pueblecito mediterráneo al que llegó con tan solo siete años, en el verano de 2000, más muerta que viva, muy enferma.

Arrebujada en la manta, Koría contempla cómo el día es empujado por un sol que todavía no se deja ver. Al despertar ha sentido una sensación extraña, aunque no es la primera vez. Una especie de tenue alegría interior que hace retroceder la tristeza diaria; una difusa fuerza que alimenta su esperanza cuando cree haberla perdido toda. Es como un eco lejano que le llega de más allá del mar, rumbo norte; como una brisa ligera que percibe distinta al aire espeso que respira cada día en mitad de una nada de arena, aislada del mundo, seis años ya. Y cree entender su significado: allá al otro lado del Estrecho no la han olvidado. Siguen peleando por su libertad. Koría cierra los ojos y deja que el primer rayo de sol la reconforte. Seguir leyendo »

reyes

La celebración de los Reyes Magos me trae cada año a la memoria, invariablemente, el tren de cuerda, con sus vagones y la vía circular, y la pistola del oeste con su cartuchera de plástico que un seis de enero, hace ya muchos años, al levantarme de la cama encontré sobre los zapatos al pie de la chimenea. No tengo otro recuerdo de regalos de niñez en esas fechas, con seguridad que los hubo, pero quizá solo retengo el que más me emocionó, el que mas feliz me hizo. Me viene a la memoria junto al eco lejano, tenue, de esa emoción, de esa felicidad. Incluso cuando perdí la inocencia al descubri el secreto, un poso de magia se quedó adherido a mí. Con el paso del tiempo se fue alimentando de las manos pequeñitas y nerviosas de mi hija rasgando el papel que envolvía el regalo, de sus ojos y boca tan abiertos al descubrir el juguete o el juego, de su risa nerviosa al tenerlo en las manos, de su cara de felicidad al jugar con él. De mi inmensa satisfacción al jugar con ella. Después he vivido las mismas sensaciones con mi hijo. E incluso desde que también ellos cambiaron la inocencia por la verdad, el reflejo de lo que un día fue mágico lo descubro durante un instante en su rostro de mayores cada año al repetirse el ritual. Hoy, en todo su esplendor, revivo aquella lejana ilusión en la expresión nerviosa, sorprendida, feliz de mi nieta mientras se acerca al regalo, rasga la envoltura y descubre, ojos y boca muy abiertos, su mágico contenido. Seguir leyendo »

UN HORNO DE PAN PARA PERÚ

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Un horno de pan, ese ha sido el proyecto solidario elegido mediante votación, clase a clase, por el alumnado del IES Los Alcores de San Miguel de Salinas en el «Alcores Solidario 2016». Cuatro eran los proyectos a considerar, propuestos por los propios destinatarios —el Taller Ocupacional de Niños Especiales «Ángel Mary Valero» de Chiclayo (Perú)—: mesas individuales y sillas para una clase (1 100 soles = 335 €), silla de ruedas y camilla (500 + 300 soles = 270 €), medicamentos para medio año (2 700 soles = 819 €) y un horno de pan (5 500 soles = 1 670 €). El más votado ha sido el de mayor coste, sí, pero quizá también el que mayor inteligencia requería. Lo explicó con claridad meridiana Israel, un alumno de 1º de Secundaria, la voz firme y pausada, en los prolegómenos de la Carrera Solidaria que como cada año celebra el instituto en fechas otoñales. Vino a decir que las medicinas eran importantes, pero que al cabo de seis meses se les acabaría nuestra ayuda, en cambio, con el horno de pan podrían vender el producto y con los beneficios comprar medicinas siempre. El viejo aforismo de dar la caña para pescar en lugar de dar pescado.

Chiclayo es una de las ciudades más grande de Perú; su población ha crecido exponencialmente en las últimas décadas, desde los treinta mil habitantes en 1940 hasta el más de medio millón en la actualidad. Un crecimiento que ha ido creando ensanches sucesivos, unos de manera ordenada, las urbanizaciones, donde vive la gente pudiente; otros, de aluvión, donde se han ido amontonando los más pobres, quienes abandonaron el campo huyendo de la guerrilla, de la miseria, o simplemente emigraron en busca de una vida mejor. En uno de esos «pueblos jóvenes» es donde se ubica este centro tan necesitado de todo. Uno de esos lugares que se repiten en muchos países con riqueza que albergan bolsas de pobreza, y no por azar, claro.

Los Alcores Solidario, uno de los programa de educación en valores que el instituto viene desarrollando desde hace años, trata de acercar al alumnado a la vida real, la que en demasiada ocasiones transcurre oculta, también ocultada, y que, sin embargo, merece ser conocida, comprendida y cambiada. Desde lo local —el caso del Banco de Alimentos— hasta lo internacional —el pasado curso fueron los refugiados saharauis mutilados por minas antipersona—, no solo conocemos los problemas sino también a las víctimas que las sufren, con caras, nombres e historias personales. En esta ocasión, gracias a las nuevas tecnologías y a Mª Dolores, profesora del instituto que lleva cooperando en Perú desde hace veinte años, hemos conocido a alumnos, madres, profesorado del Taller Ocupacional; nos han transmitido sus necesidades, sus deseos, sus tareas, y sabemos a quiénes va dirigida nuestra solidaridad: el horno de pan. El reto no es pequeño, pero la determinación de superarlo está, sin duda, a la altura.

ENTRE OLIVOS, UNA ENCINA

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Oscurece rápido al resguardo de los montes que levantan el paisaje al poniente de la estación de Cabra del Santo Cristo, ya silenciada la vara y recogida la lona, camino de la almazara el tractor con la última cosecha del día, camino del descanso los aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién, quién levantó los olivos? Solo la luna creciente, que busca hueco entre nubes caprichosas, clarea tenuemente el olivar. Y es al amparo de esa noche que no puede ennegrecer, y es al amparo de viejos y nuevos olivos que se adivinan en la penumbra cuando nos echamos al camino, desafiando al frío, y como una anacrónica partida de bandoleros, dueños de campos y veredas, ponemos rumbo a La Encina. No, no es un cortijo en el que saciar el hambre con las mejores viandas del señorito, en el que apagar la sed con buen vino, en el que colmar el deseo, siempre insaciable, con doncellas o mozas. Nuestro destino es un ser milenario: una portentosa encina que compartió nacimiento con Al-Ándalus. Más de mil doscientos años sintiendo cambiar el mundo a su alrededor. Superviviente afortunada de lo que antaño fue una rica dehesa, ahora vigía impertérrita de olivares y «tierras de pan llevar» en los Llanos de la Estación, junto al cortijo de Las Viñas; señora de la sierra Mágina. Seguir leyendo »

ENCUENTRO CON UN PEREGRINO

Voy de regreso hacia donde he dejado el coche, ahora con paso vivo pero no presuroso. En el reflejo del cristal de un escaparate descubro la sonrisa que todavía no ha abandonado mi semblante, hermosa herencia que han dejado el beso y el abrazo de mi nieta hace tan solo unos minutos. Para verla he cubierto a la carrera el kilómetro y medio que nos separaba —deteniéndome solo ante el rojo del paso de peatones—, desde el aparcamiento hasta la casa de su abuela murciana, donde le toca quedarse para que mi hija pueda ir al trabajo —un derecho que esta estafa a la que llaman crisis ha elevado a la categoría de privilegio—. Y no he corrido para encontrarme con la pequeña porque llevara tiempo sin verla, pues tres tardes la he disfrutado esta semana, sino porque me crea una hermosa dependencia.

El día, entre nubes y claros, acompaña. Primer viernes de un diciembre por el que no asoma el frío de un invierno que solo se aproxima en el calendario. Cosas del cambio climático. Un buen día, ante el desastre, pondremos cara de asombro como si nada supiéramos de lo que se avecina por más que los científicos lleven años advirtiéndonos. En esos pensamientos voy, lamentando el mundo que le vamos a dejar a mi nieta y a su generación, cuando cerca de la Plaza Juan XXIII veo a un mochilero sentado en la amplia repisa de un ventanal que llega a la altura justa para el asiento. Es joven, quizás medie la veintena. Paso junto a él y oigo que me habla. Tardo unos diez metros en decodificar sus palabras: «Una ayuda, por favor». Y entonces me detengo, me giro, lo observo y vuelvo sobre mis pasos. Seguir leyendo »

TIC-TAC, TIC-TAC

RELOJES

 
Tic-tac, tic-tac…

¡Cállate ya!

Tic-tac, tic-tac…

¡¿Puedes parar?!

Tic-tac, tic-tac…

¡¿Nunca te vas a cansar?!

Tic-tac, tic-tac…

¡Un minuto ya!

Tic-tac, tic-tac…

Ir, venir, subir, bajar…

Tic-tac, tic-tac…

¡Una hora ya!

Tic-tac, tic-tac…

Dormir, despertar…

Tic-tac, tic-tac…

¡Un día ya!

Tic-tac, tic-tac…

Tarta, velas… ¡Soplar!

Tic-tac, tic-tac…

¡Un año ya!

Tic-tac, tic-tac…

¡¡¿Una vida ya?!!

Tic-tac.

ZAPATOS ROJOS

Como de costumbre, en lo primero que me fijo es en los zapatos. A la luz de la farola son de un rojo brillante, de tacón alto, casi de aguja. Terminan en ellos unas piernas torneadas, largas, ligeramente bronceadas. Las sigo hasta que se pierden bajo un corto vestido, también rojo, que apenas alcanza a tapar el nacimiento de los muslos. Sigo la tela que, como una segunda piel, delinea las caderas, se encoge para abrazar la cintura y asciende para acabar de pronto sobre unos pechos que escasamente llega a cubrir, y que intuyo tersos, proporcionados, fruta tierna. La joven, un tanto desmadejada sobre el banco del paseo marítimo, quizá duerme la fiesta nocturna. La larga melena rubia le cae desordenada ocultándole la cara. Me acerco hacia ella embaucado por tan hermosa arquitectura. Y entonces oigo sus sollozos. Reparo en los pañuelos de papel que hay en el suelo, arrugados, húmedos, con manchas grisáceas y negras. Con el dorso de la mano, gesto mecánico, se limpia las lágrimas. Tomo asiento a su lado y le ofrezco mi pañuelo de tela. Ella aparta un poco el cabello y me mira. Quizá no haya cumplido los veinte. Su cara es fina, muy hermosa a pesar de los surcos trazados por el rímel que ha abandonado unas pestañas largas, muy curvas, que enmarcan unos ojos azules, ahora enrojecidos por el llanto. Toma el pañuelo con gesto tímido, sin decir palabra, y mientras se enjuga las lágrimas con delicadeza, arrecia el llanto. El alba apunta ya sobre el horizonte que delimita un mar en absoluta calma.

—Te ha abandonado —le digo.

La chica llora desconsolada. Pierdo la vista en el mar, que espera paciente los primeros rayos del sol, y recuerdo mis propias lágrimas en este mismo banco. Lágrimas que reemplazaron a las risas y a los besos cuando allí, sentados, abrazados, mi gran amor de juventud y yo imaginábamos que disfrutábamos de un crucero desde la última cubierta, oculta la arena de la paya por el muro del paseo.

—No —dice entre gimoteos al tiempo que niega una y otra vez con la cabeza. Su pelo se agita hermoso. Vuelve al silencio y se refugia en mi pañuelo. El primer rayo de sol cruza el mar—. No me he atrevido a seguirle.

Esas palabras me golpean muy adentro, y el llanto amargo en que vuelve a sumirse la muchacha me hace sentir ese sabor en la boca.

—¿Él o ella?

—Él —contesta entre gimoteos, sin asomo de sorpresa.

—¿Lo amas?

—Con todas mis fuerzas.

No se ha tomado tiempo para responder, y ha interrumpido el llanto para hablar con determinación.

—No le des la espalda al amor —digo embargado por la congoja—. Hace años, yo no fui tras ella y lo he pagado con la infelicidad.

La chica se aparta el pelo de la cara y me observa con un cierto interés. Es guapísima.

—Tengo miedo —dice—. Tengo miedo a dejarlo todo atrás. —Señala con la barbilla hacia el mar.

Conozco esa sensación. Ya han pasado muchos años, treinta y siete, y todavía la recuerdo con la misma angustia que aquella lejana tarde en que fui cobarde.

—Yo también tuve miedo, como tú. Fue allí, al pie de la vieja torre, donde la perdí —dije señalando aquel lugar que tantas veces he maldecido y al que siempre regreso—. Era francesa, muy hermosa, la criatura más maravillosa del mundo. Vino de veraneo, la conocí en la playa y nos enamoramos al instante.

La congoja me puede. Pierdo la vista en el mar y las lágrimas me nublan el hermoso amanecer. A mi lado, la joven se suena la nariz.

—No era un amor de verano —prosigo—, era profundo, apasionado, irracional, como es el amor de verdad. El último día de sus vacaciones me pidió que me fuera con ella. Me tomó la cara entre las manos, me besó con una ternura que nunca más he sentido y me dijo que yo era el amor de su vida, pero que no podía quedarse: sus padres no lo consentían.

—¿Era menor?

—Dieciséis años. Yo, veinte. Tuve miedo de abandonarlo todo, de no saber cómo enfrentarme a lo desconocido, lejos de mi tierra, de los míos. No la seguí y me lamento cada día, porque todavía la sigo queriendo. —La muchacha me pasa el pañuelo para enjugarme las lágrimas que ahora desbordan mis ojos—. Si de verdad lo amas no cometas el mismo error que yo.

La joven me sonríe por primera vez.

—Gracias —dice, y me da un beso en la mejilla. Si hubiese sido en la boca no lo habría rechazado.

Se levanta, me devuelve el pañuelo, se estira inútilmente el vestido, me da otra vez las gracias y se encamina hacia las escaleras que tenemos enfrente y que llevan a la playa. Por un instante cruza frente al sol naciente. Un tenue halo de luz envuelve su figura y me parece imposible tanta perfección. ¿Por qué no tendré treinta años menos? Con su cuerpo en la retina y su sonrisa en los labios, cierro los ojos y dejo que el sol tibio del amanecer me acaricie, como si esas caricias fuesen las de la muchacha, como si fueran las de aquella chiquilla que no tuve el valor de amar con todas las consecuencias.

También yo abandono el banco. Es entonces cuando descubro un pequeño bolso rojo en el suelo. Deber ser de ella. Lo recojo y llego al muro. Peino la playa con la vista de norte a sur, pero no la distingo. ¿Dónde se ha metido? Estas escaleras son el único punto de acceso a la playa. Bajo los escalones con rapidez y me planto en mitad de la arena. El corazón me late cada vez más deprisa y la respiración se acelera; un incómodo hormigueo se adueña de mi estómago. El sol, que ya brilla sobre el mar, arranca un reflejo rojizo donde mueren las olas. Corro hasta la orilla. Y un grito angustiado se ahoga en llanto antes de abandonar mi garganta. ¡¿Qué he hecho?!

Junto a los zapatos rojos, las olas lloran sobre unos zapatos de hombre.